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La Patria de José Martí

Galopa Martí a caballo. No son palabras las que lleva, ya dejó las necesarias en cartas, discursos y versos. «Para mí, ya es hora», había escrito. La historia de Cuba no ha envejecido en libros y documentos de archivo; está viva, porque vivos y amenazantes persisten sus enemigos. En sus últimas cartas explicaba razones. A Henríquez y Carvajal le decía: «Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo». Y a Mercado, de manera clara y directa, le anunciaba que exponía su vida para «impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América», y reiteraba unas líneas después el propósito: «impedir que en Cuba se abra, por la anexión a los imperialistas de allá y los españoles, el camino que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de Nuestra América, al norte revuelto y brutal que los desprecia».

La independencia de Cuba estaba ligada a la de Nuestra América, pero también a la de sus opresores, porque no puede ser libre un pueblo que oprime a otro pueblo; y también, «al equilibrio del mundo». No es que la historia se repita, es que no concluye aún el ciclo que Martí previó. El xx no es un siglo corto, si entendemos que desborda los límites del calendario: es el siglo del imperialismo, que se estrenó en 1898 en la guerra de Cuba y agoniza ahora, en la primera mitad del XXI. Su contradicción fundamental, según apreciara el Che Guevara, era entre naciones explotadas y naciones explotadoras.

Cuba aparece en los extremos del largo proceso histórico, por su posición geográfica, por su tradición de resistencia frente al colonialismo y al neocolonialismo, y, sobre todo, por su victoria, sostenida durante ya casi siete décadas. Según su ubicación y la forma alargada de su isla mayor, Cuba ha sido descrita como una llave en el pórtico de las Américas y lo es, en otro sentido esencial: puede abrirle o cerrarle caminos a la Humanidad.

«Para mí la patria, no será nunca triunfo, sino agonía y deber», declaraba José Martí. ¿Qué significa ese concepto en la obra martiana? En su poema dramático Abdala, escrito con apenas 16 años, aparecen las primeras claves: Patria es más que un lugar, «no es el amor ridículo a la tierra / Ni a la yerba que pisan nuestras plantas»; el joven Martí la define en su opuesto: «Es el odio invencible a quien la oprime, / Es el rencor eterno a quien la ataca», precisamente porque ya la entiende como el ámbito afectivo en que germina la dignidad humana. En 1871 lo dirá de manera enfática: «yo prefiriera (…) que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre».

Por eso, al regresar a Cuba en 1878, rechaza la paz zanjonera que renuncia a la independencia: «¡Creen que vuelvo a mi patria! ¡Mi patria está en tanta fosa abierta, en tanta gloria acabada, en tanto honor perdido y vendido! Ya yo no tengo patria: –hasta que la conquiste». Defiende por eso la posibilidad (la necesidad) de una América unida ante cualquier ultraje a la dignidad humana. En 1876 reclama en México su derecho a opinar sobre los males del país vecino: «La conciencia es la ciudadanía del universo», sentencia. Y al dominicano Henríquez y Carvajal le diría en la carta citada: «De Santo Domingo ¿por qué le he de hablar? ¿Es eso cosa distinta de Cuba? ¿Vd. no es cubano, y hay quien lo sea mejor que Vd? ¿Y Gómez, no es cubano? ¿Y yo, qué soy, y quién me fija suelo?».

Más que un lugar, Patria es el espacio nacional o regional donde se construye un proyecto colectivo: fundar, hacer Patria, es hacer valer en lo específico la dignidad y la justicia humanas, que nos iguala a todos.

«Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer; y ni se ha de permitir que con el engaño del santo nombre se defienda a monarquías inútiles, religiones ventrudas o políticas descaradas y hambronas, –escribió Martí–. Ni porque a estos pecados se dé a menudo el nombre de patria, ha de negarse el hombre a cumplir su deber de humanidad, en la porción de ella que tiene más cerca».

La lucha por la independencia de Cuba coincide, en términos históricos, con el nacimiento del imperialismo estadounidense. Dos proyectos cercanos en el tiempo y en la geografía, y opuestos en sus aspiraciones. Ese es el reto histórico que define la historia de Cuba. Martí lo advierte, y en sus textos, de manera indirecta, previene a los cubanos y a los latinoamericanos deslumbrados por la idea de la prosperidad norteamericana. El proyecto alternativo de Patria para Nuestra América que acaricia Martí es otro. Ya en 1871, en su Cuaderno de apuntes escribía: «Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!» Su visión de Estados Unidos evoluciona, pero su rechazo y su temor se hacen más profundos.

El ciclo parece acercarse a su fin. Es, sin embargo, el momento más peligroso. Hemos conquistado la Patria, imperfecta pero luminosa, nuestra, y sabremos defenderla. Como ayer, es la Patria o la Muerte. Martí regresa a galope sobre su corcel blanco, revólver en mano, de cara al sol. El adolescente fervoroso que fue y será siempre, repite los versos de Abdala:

                Ni laurel ni coronas necesita

          Quien respira valor. Pues amenazan    

          A Nubia libre, y un tirano quiere   

          Rendirla a su dominio vil esclava.

          ¡Corramos a la lucha, y nuestra sangre

          Pruebe al conquistador que la derraman        

          Pechos que son altares de la Nubia,     

          Brazos que son sus fuertes y murallas! (Tomado de Granma)