Al sur

Proyectil enemigo ni el fuego pudieron aniquilar la ejemplar valentía de Ignacio Agramonte

A 153 años de su caída en combate en Jimaguayú, el Mayor General camagüeyano permanece como símbolo de dignidad, independentismo y antimperialismo. Su ejemplo lo mantienen hoy los “mambises de estos tiempos” frente al bloqueo y las amenazas.

Hace 153 años, un proyectil enemigo atravesó certero la espesa manigua del potrero de Jimaguayú para dar muerte a Ignacio Agramonte y Loinaz, el esposo de la leal patriota Amalia Simoni, quien le había dado un hijo en plena manigua sin tener en cuenta carencias.

Luego, el cuerpo inerte del Mayor fue llevado por fuerzas españolas hasta la Plaza San Juan de Dios de la Ciudad de los Tinajones (Camagüey), para hacerlo desaparecer entre las llamas hasta reducirlo a cenizas. Pero ni así pudieron aniquilar la ejemplar valentía del jefe insurrecto, quien había exhortado a los hombres bajo su mando —sin apenas armas— a pelear con la vergüenza de los cubanos.

“El diamante con alma de beso”, como lo describió José Martí por su integridad como jefe militar y ser humano, con un valor personal a toda prueba sobre la cabalgadura, fue uno de los que más se destacó en la gesta por la independencia de Cuba iniciada el 10 de octubre de 1868.

El Bayardo de la tierra camagüeyana dejó plantada para la eternidad la semilla de las tradiciones revolucionarias: el independentismo, el antimperialismo, la dignidad, el desinterés y la justicia. Una actitud que mantienen los “mambises de estos tiempos” frente al bloqueo imperialista y las amenazas de agresión. Concesiones no se harán a los enemigos de la Revolución Cubana.

Por Raúl Reyes Rodríguez