Una lucha diaria por cada gota de esperanza
Extiende el brazo, canalizan la vena, comienza el fluir de la sangre: «nosotros sin esto no podemos vivir».
Extiende el brazo, cierra los ojos y desea que las cuatro o cinco horas que debe estar conectada a esa máquina de diálisis transcurran rápido: «pero tengo que seguir. Por mí y por mi familia, tengo que seguir».
Y pienso que, aunque poco sepamos de la historia del cielo, ella parece ser experta en el origen de la tenacidad de ese azul que, sin ahondar tanto, seguro es el lugar en el que se resguarda la esperanza.
«Yo recibo el tratamiento desde 2020, debido a que tuve la COVID-19. Llega un momento en que te deprimes, lloras porque es un cambio de vida, algo que no quieres. Pero con el tiempo se aprende a amar a la máquina. Y ya te digo: tengo que depender de ella, y si no hay combustible, nadie aquí se podría hemodializar», dice Zurama, paciente de hemodiálisis.
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Para el funcionamiento de las máquinas de diálisis se necesita electricidad permanente. Foto: Nieves Molina
Son más de las 9 de la mañana. Afuera, la calle se viste apacible; la gente hace lo suyo por vivir. Aquí, en el Instituto de Nefrología Dr. Abelardo Buch López, en La Habana, comenzó el primer turno para el tratamiento renal de hemodiálisis. Parece que la vida acaba de iniciar.
Julio César Candelaria Brito, jefe de servicio de hemodiálisis del instituto, conoce mucho de ese ajetreo y tranquilidad a la vez. Dice que para lograr el correcto funcionamiento del servicio hay que visualizarlo como un sistema, porque comprende la transportación, la salud –«que no es solo el tratamiento dialítico, sino medicamentos e insumos»– y el aporte espiritual.
Piensa que para trabajar aquí «hay que tener mucha empatía y ponerse en el lugar del otro. Es un tratamiento que lucha constantemente con la muerte, y hacemos todo lo que esté en nuestras manos».
Son 57 unidades de hemodiálisis las que hay en el país, con más de 3 000 pacientes que requieren de un soporte sustitutivo de función renal. De ellos, 45 se atienden en el instituto de La Habana. Y a todos, un taxi –con previa coordinación con el Ministerio del Transporte– los debe recoger, diariamente en sus hogares y trasladarlos al centro. Pero esa acción, que podría parecer simple, así como la movilidad de los insumos médicos y del personal de trabajo, en Cuba se obstaculiza por las limitaciones con el combustible.
Un ejemplo es la periodicidad en que se entregan esos materiales médicos dializados, los cuales deben acopiarse en grandes volúmenes. Si antes la entrega era casi a diario, en estos tiempos se realiza de a poco. «Hoy mismo estamos esperando a que llegue el camión para garantizar el inicio de la hemodiálisis de la sesión de mañana», alega Julio César.
Y si a esto le sumamos la electricidad permanente que se necesita para el funcionamiento de las máquinas de diálisis y para las plantas que deben desionizar el agua, porque hay que quitar los elementos que puedan causar infección, será complejo mantener el servicio –como todos los otros– si continúa el cerco petrolero, si continúa el empeño de asfixiar a todo un pueblo.
Y aquí hablamos de vidas: ¿por qué las amenazan? Foto: Nieves Molina
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La máquina controla constantemente los parámetros: el de conductividad, el flujo sanguíneo, la tasa de filtración y el volumen de agua extraído.
Un filtro cilíndrico que contiene una membrana semipermeable de acetato produce el intercambio. La sangre entra por la parte superior y fluye hacia abajo, mientras que el líquido de diálisis asciende. Ambos circulan en direcciones opuestas.
El jefe de servicio de hemodiálisis chequea el tiempo que le resta a un paciente. Una hora y 36 minutos. «Falta poco». Dairy Rodríguez Barreto, jefa de enfermería, se acerca y me confiesa que esas máquinas tienen baterías, «pero son antiguas, la batería no les dura mucho y sería bastante complicado trabajar sin electricidad». Sin la hemodiálisis los pacientes podrían fallecer.
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Dicen que Armando está presente, «de una manera u otra al Instituto llega siempre». Los días en que no es el taxista de los pacientes, él, desde hace cuatro años, es el paciente. Por eso afirma que «solo es esto para mí, no importa a la hora que salga.
«Ahora me pusieron como de batallón emergente. Si se rompe algún carro, me llaman y yo siempre estoy ahí alerta. Hasta hace poco estuve llevando a una paciente al Hospital Militar, pero, con todo el problema que hay de la gasolina, no lo hago más. Me queda muy distante».
En ese sentido, la base de taxis acotó la medida de combinar a varios enfermos, que viven en zonas adyacentes, en un solo turno, según la disponibilidad. Sin embargo, hay muchas personas con enfermedad renal que dependen de acompañantes porque el tratamiento los debilita, «pero ese acompañante ya no puede venir en el carro», comenta el enfermero José Carlos Castillo Curbeco.
De hecho, hay pacientes que no pueden llegar y muchas veces los hemos recibido en urgencia, porque un día que dejen de venir pone su vida en riesgo. Entonces, es imprescindible que estén conectados a ese riñón artificial, explica José Carlos.
Y como precaución se habilitaron camas para que las personas que no puedan asistir a su tratamiento dialítico ingresen.
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Yamilé García Villar –directora del Instituto– tiene ese tipo de mirada que no necesita ilustración con palabras para saber lo que pasa.
A ratos la vi desandar por los pasillos supervisando los tratamientos. Cuenta que «hemos pasado por momentos de roturas del sistema de tratamiento de agua, que han conllevado un retardo en el inicio de las hemodiálisis que tienen, por supuesto, horarios definidos. En esas circunstancias se ha movilizado al personal técnico y luego se reinicia en horario desplazado, terminándose las hemodiálisis a las 4 de la mañana».
Sin embargo, dice, el programa no se ha detenido en ningún momento. «Aunque vivimos tensiones, siempre se garantiza que llegue a tiempo la disponibilidad de recursos».
Por otra parte, si bien los riñones como tecnología están diseñados para un tiempo de explotación alrededor de cinco años, anualmente se necesita realizarles mantenimiento, pero las limitaciones económicas y financieras impuestas por Estados Unidos han impedido que esa operación se realice con efectividad, y las máquinas de hemodiálisis sufren roturas con mayor frecuencia.
Foto: Nieves Molina
¿Cómo se sostiene una Isla si no es por el amor de su pueblo?
Yamilé lo sabe bien, y aunque la respuesta no sale de sus labios, con observarla sé que si no es desde esa posición, si no es desde el amor, el peso de la Cuba que vivimos –y la que los del norte nos dejan vivir– nos rebasaría.
«Todas las enfermedades tienen un componente sicológico, y la certeza de que el tratamiento está garantizado da cierto bienestar y confianza. Cuando hay amenazas, y más de esta manera, que es real, que es palpable, el paciente se siente temeroso.
«Eso lo estamos viviendo. Hay miedo a que no pueda existir continuidad en el tratamiento, aun cuando conocemos de la voluntad política que se gesta, del compromiso que tiene el personal, y no me refiero solo a médicos o enfermeras, sino a los técnicos de laboratorios, pantristas, choferes».
Y aquí hablamos de vidas: ¿por qué las amenazan? (Tomado de Granma)

