Albear, ilustre habanero
El pasado viernes 23 de enero se cumplieron 133 años de la construcción del acueducto de Albear, que gracias al canal de diez kilómetros de
largo lleva el agua desde los manantiales de Vento hasta Palatino; una obra cuya vida, por su calidad y solidez, aseguran especialistas, puede compararse con la de los antiguos acueductos romanos, en tanto que a su canal, llamado también de Albear, no puede fijársele un límite de duración útil.
Con relación a Francisco de Albear y Lara, creador de ambas obras, decía el historiador Emilio Roig en su libro La Habana; apuntes históricos (1963):
“Es de admirar en Albear, no solo la excelencia de su obra en sí, sino la consideración a todos los detalles de protección de la misma, que han contribuido a su duración ilimitada. Fue un verdadero maestro en arquitectura hidráulica”.
¿Quién eres tú?
En una plazoleta que se enmarca entre las calles de Monserrate, Bernaza, Obispo y O’Reilly, muy cerca del Parque Central, se halla el monumento que La Habana erigió en honor de su insigne hijo Francisco de Albear y Lara, nacido en esta ciudad en 1816 y que por su proyecto mereció, en 1878, Medalla de Oro en la Exposición Universal de París. Falleció también en La Habana, en 1887, sin que llegase a ver concluida su obra.
Pese a empeños anteriores, La Habana sufría
los resultados de la insuficiencia en el abasto de agua, cuando en 1855 el entonces coronel de ingenieros Francisco de Albear se propuso la solución del problema. Su “Memoria sobre el proyecto de conducción a La Habana de las aguas de los manantiales de Vento”, fue aprobada por el gobernó español el 5 de octubre de 1858. Treinta y cinco años después la obra era concluida, y aunque Albear no llegó a verla terminada, pudo elaborar todos sus planos y dirigió personalmente la mayor parte de ella, y ya en 1878, quince años antes d que se finalizara, La Habana recibía las agua de Vento que, por idea de Albear, le llegaban a través de la red hidráulica y el acueducto de Fernando VII construido en 1835.
Varios puntos de abastecimiento consideró el ingeniero para su acueducto. Desechó las posibilidades de los ríos Luyanó y Almendares, y de algunos manantiales como el del Calvario, y se decidió al fin por los de Vento en atención al caudal y calidad de sus aguas, y a su ubicación que permitiría que el líquido llegara por simple gravedad a casi toda La Habana.
Eran famosos desde el siglo XVI cuando el obispo Armendáriz, de quien tomó su nombre el río, encontró allí remedio para su salud quebrantada. Todavía en 1890 el poeta Julián del Casal, en una crónica publicada en el periódico La Discusión, describía esos manantiales, situados en la orilla izquierda del Almendares, como un verdadero paraíso, “uno de los rincones más bellos, poéticos y pintorescos del mundo””, donde las ondas cristalinas de los mil manantiales “al caer forman nubes que parecen estar hechas de perlas vaporizadas”.
El problema del agua
Desde el asiento de la cuidad en su lugar definitivo, el abasto de agua fue siempre problemático en La Habana. Sus primitivos pobladores la tomaban de una cisterna que se construyó en la desembocadura del río Luyanó y después de un pozo abierto en lo que hoy es la Plaza de la Fraternidad Americana. En 1592 se inauguró la Zanja Real, que traía el agua del Almendares y la llevaba hasta el Callejón del Chorro, en lo que sería más tarde la Plaza de Armas, donde desaguaba en el boquerón abierto en un muro.
Era, dice Emilio Roig, un agua gruesa y contaminada que se hacía fina y limpia al recogerse y curarse en vasijas de barro y de madera. Las crecidas del río y los aportes de arroyos cenagosos, hacían más impuras las aguas de la Zanja y muchos vecinos paliaban la insalubridad con la construcción de pozos y aljibes.
La Habana crecía –tenía ya unos 100 000 habitantes- y en 1831 el gobernador Francisco Dionisio Vives –aquel que decía: “Vive como Vives y vivirás”- decidió la construcción del acueducto de Fernando VII. Su toma se situó en el rio Almendares, cerca de la represa del Husillo, y el agua pasaba por una casa de filtros antes de surtir La Habana intramuros.
Aunque su constructor fue Manuel Pastor, notable ingeniero y urbanista, ese acueducto no dio los resultados esperados. Tal vez por errores de cálculo, La Habana no recibió toda el agua que necesitaba, y el sedimento que el líquido dejaba en los filtros obligaba a constantes limpiezas y reposiciones. En consecuencia, las aguas de la Zanja Real tuvieron que seguir utilizándose y se hizo imposible prescindir de los casi 3 000 pozos y los 900 aljibes que había entonces en la ciudad.
Esa realidad fue recogida por Francisco de Albear en su “Memoria”. Decía en ella que si el agua de la Zanja era excelente pata riegos, no lo era para el consumo humano por tratarse de un líquido malsano, impuro, sucio y repugnante, y que los pozos y aljibes, “recurso de los ricos”, serían siempre insuficientes, escasos y aun nulos en las grandes secas.
Un segundo río
En la construcción de su acueducto, Albear “aplicó rigurosos criterios ecológicos, estéticos, éticos, sanitarios y legales”. Represó el agua de los manantiales en la llamada taza de Albear, situó un sifón bajo el lecho del Almendares y construyó un canal entre Vento y Palatino, donde situó el depósito para la conservación y regulación del caudal. El edificio donde se instalaron los aparatos reguladores es, en opinión de Emilio Roig, uno de los más bellos ejemplares que quedan en La Habana del periodo neoclásico.
El jurado que le otorgó la Medalla de Oro en París calificó esta joya de la ingeniería cubana de obra maestra digna de estudio hasta en sus más mínimos detalles. Albear, por su parte, comparaba su canal con un río en el que las aguas corrían a lo largo de 10 000 metros por un cauce limpio, ventilado y libre de impurezas. En su momento su caudal se estimó suficiente para abastecer una población de 200 000 habitantes. Las cosas se complicaron con el crecimiento de la ciudad y el problema volvió a hacer crisis cuando a partir de 1908 fueron ya 300 000 los habaneros. Se buscaron entonces soluciones no siempre correctas como aquella de 1912 de tomar agua directa del Almendares, mediante una represa de madera, y que causó muchos estragos sanitarios entre los capitalinos. Informaciones no confirmadas por este cronista, ponen de manifiesto que el acueducto de Albear surte todavía el 19% del total del agua que consume La Habana.
Ese ilustre ingeniero fue asimismo autor de un estudio para el trazado de la Carretera Central y de otro para el ferrocarril que uniría los dos extremos de la Isla. Entre 1861 y 1864 confeccionó el plano geo topográfico de la capital, trabajo no superado hasta después de 1980 cuando se acometieron los estudios de factibilidad para la instalación del metro habanero.
Entre las más de 200 obras que proyectó y ejecutó, destaca la del Malecón de La Habana, que correría desde el Castillo de la Punta hasta la Calzada de Infanta; en esa época la ciudad, aunque se extendía por las partes bajas de Jesús del Monte, Luyanó y Cerro, estaba limitada por la bahía, la costa y la mencionada calzada, y para un habanero definitivo como Manuel Sanguily, todo lo que se hallaba más allá de Belascoaín, era, sencillamente, el campo.
En su plazuela, la estatua de Albear está acompañada por otra, también de mármol, ejecutadas ambas por el artista cubano José Vilalta Saavedra, mismo de la imagen de bulto de Martí en el Parque Central, y de La Milagrosa, en el cementerio de Colón. La estatua acompañante simboliza a La Habana que entrega un laurel a su hijo ilustre quien, como se lee en el propio monumento, “Honró las armas y elevó la ciencia, / luchó cual fuerte sin manchar su historia; / sus obras ilustraron su existencia / y en las de Vento se labró su gloria”. (Tomado de Cubadebate)

