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En la selva de lo humano

La Habana, 12 feb.- «Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores ni de la confidencia sentimental ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino del amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta».

Así comienzan los manuscritos de Arturo Cova, que dan cuerpo a una de las novelas imprescindibles de la literatura hispanoamericana: La vorágine (1924). En ese párrafo inicial están buena parte de las pistas que explican el destino trágico del protagonista; pero nada podría preparar al lector para la crueldad desplegada en las páginas sucesivas, hasta que el final le revela una atroz lección: hay decisiones de las que no se puede volver.

Porque si grandezas tiene el libro de José Eustasio Rivera (Colombia, 19 de febrero de 1888–Estados Unidos, 1ro. de diciembre de 1928) no son solo las de crear un hombre de tantas y creíbles complejidades, sino también las de un lenguaje que logra erigir a la selva como un personaje atemorizante; y la denuncia conmovedora a los crímenes cometidos en la explotación cauchera: allí no había más ley que la fuerza, y la trata de personas era tan desaforada como el maltrato a los aborígenes.

Rivera, como inspector de yacimientos petrolíferos y miembro de una comisión delimitadora de frontera entre Colombia y Venezuela, sabía bien de lo que escribía: la selva (que era decir la esclavitud) encadenaba más allá de lo físico:

«¡Matar a un hombre! ¿Y qué? ¿Por qué no? Era un fenómeno natural. ¿Y la costumbre de defenderme? ¿Y la manera de emanciparme? ¿Qué otro modo más rápido de solucionar los diarios conflictos? Y por este proceso –¡oh, selva!– hemos pasado todos los que caemos en tu vorágine».

Publicada por la Editorial Arte y Literatura, y disponible en fomato epub en la Tienda Islalibros, La vorágine sigue el periplo de Arturo, primero junto a Alicia, y luego tras ella. Él, un hombre tan frío como dominado por sus pasiones, sucumbe a los celos, la falta de propósito, la venganza y las ansias de ser un justiciero, y se lanza a perseguir a una mujer a la que ni siquiera ha amado nunca. Y, sin quererlo, deviene a veces victimario.

En su camino a la autodestrucción, Arturo encuentra la amistad (aunque nunca pueda aquilatarla en su justa medida) y a personajes con historias inolvidables, como Clemente Silva, aquel que siempre había tenido «el monopolio de las desventuras»; o a Ramiro Estévanez, el intelectual que pierde todo rasgo enaltecedor en contacto con la barbarie, por propia voluntad.

¿Habría otro modo de comportarse, quizá más humano, allí, fuera de toda norma civilizatoria, sin ley? ¿Puede haber escapatoria una vez se ha entregado el alma a la violencia? ¿Quién es lo suficientemente fuerte para sustraerse al imperio de la sangre, de las fiebres, de la naturaleza?

«¡Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras, formadas con el hálito de los seres que agonizaron en el abandono de tu majestad! ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas! ¡Quiero volver a las regiones donde el secreto no aterra a nadie, donde es imposible la esclavitud, donde la vista no tiene obstáculo y se encumbra el espíritu en la luz libre!»

Y, sin embargo, la selva no es malvada en sí misma, no puede serlo; son los hombres y las mujeres quienes, con su ambición, la convierten en una cárcel enorme.

Rivera podría haberse limitado a escribir, para servir a su propósito de denuncia, la historia de un héroe inmaculado contra la injusticia, pero quizá no hubiese sido una obra inmortal. Con La vorágine se internó también en los intrincados parajes de lo humano y alcanzó la altura de los clásicos. (Tomado de Radio Cadena Agramonte)