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Un maestro, un discípulo, y un «libro» verde en Tumbalabana

EL SALVADOR, Guantánamo.–Mientras, en filas interminables y con las hojas abiertas al sol de las nueve de la mañana, el mar de repollos parpadea con un brillo casi metálico, un maestro y su discípulo lo examinan como en busca de algún código vegetal y del suelo.

A su lado, otros cultivos amplían hasta el infinito las tonalidades del verde: intenso en el cuadrante de yuca, leve en el de tomate, y con vetas como de sangre donde hay berenjena.

Tiene este paisaje un autor que le sabe un mundo a la tierra. A la fauna doméstica la manipula como a juguetes, y a los obstáculos los amarra antes que lo asfixien a él.

Nadie le dice maestro. Pero en el arado y en el manejo del machete y la azada, tanto como en el toreo a la naturaleza irascible, lo es. Y predica con hechos, en un aula, diríase que infinita.

Una sin pared ni cobija, al aire libre, que tiene por piso un tapiz vegetal hecho a mano: 22 hectáreas, patrimonio de la Empresa Agroforestal El Salvador, entregadas a él en calidad de usufructo.

El nombre de Eliécer Samón Castañeda (Pachi) resonó entre la gente que sabe de «guayar duro en la tierra».

«Ve a la finca de Pachi, ese tipo no pierde tiempo ni lloriquea; trabaja y le saca provecho a un suelo nada bendito», dijo alguien. Y allá fue Granma.

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Sobre un espejo vegetal enorme pregona su intensidad y su palidez el verde. El termómetro, en tanto, parece haber confundiendo la mañana de mayo con un mediodía de agosto.

Los devotos de las deidades dirán que San Pedro resolvió negarle a Tumbalabana sus recursos lluviosos, que la puso en brazos de Seth (Dios egipcio de la sequía), que la condenó a ser improductiva. Y acusarán a Pachi de haber aguado esos planes.

No ha llovido, pero huele a tierra mojada. Unos finísimos hilos de agua, disparados por grifos que se nutren de la piscina excavada «a pulmón y a pecho» en la finca, mantienen la humedad en el suelo.

Tras décadas de aridez y malezas, lo que fue tierra degradada es ahora lienzo agrovegetal imponente, «tejido» a mano, y aula para un agrónomo en formación, como Eliecer Julio, el hijo del «tejedor».

Ese empalme de lo práctico y lo teórico se traduce en variedad y abundancia agrícola: tomate, pimiento, lechuga, col, berenjena, frijoles, maíz, pepino, yuca, boniato…«Esto no se parece a lo que era cuando yo vine en 2022», dice Pachi, «solo había mala hierba».

¿Entonces?

–Comencé a cercar el terreno, a armar un casucho, a chapear, a roturar la tierra y sembrarla. Después escarbamos hasta encontrar agua. Poco a poco empezó a parecer una finca.

¿Cómo decide el área específica de cada cultivo?

–Al principio, según lo que «pintaba» el terreno, y de acuerdo con el clima y la etapa del año. Tuve que identificar variedades idóneas para este lugar, a partir de los rendimientos y de la resistencia a las plagas y a la sequía.

«También tengo en cuenta lo que demanda el consumidor. Es decir, sus necesidades. Los cultivos los roto. Hago siembras escalonadas, cada cosa donde se dé. Variedades de tomate, por ejemplo, he sembrado unas cuantas. La L-49 es la que mejor se comporta, la más resistente; rinde mejor y alcanza mayor tamaño».

¿Los destinos de estas producciones?

–Un momento por favor -solicita-. Busca en unos papeles bien ordenados. «Mire esto». Son copias de contratos suscritos, en calidad él de suministrador, con entidades guantanameras: Frutas Selectas, Acopio, los hospitales Siquiátrico e Infantil…

«Más de 10 organismos e instituciones, entre ellas, Educación, Islazul, y el Agromercado de El Salvador, sin contar las toneladas de envíos a la feria dominguera en la ciudad de Guantánamo, ni los donativos a centros sociales».

«TODO TERRENO»

Trabajadores habituales en la finca son cinco «todo terreno»  –precisa Pachi-. La cifra no incluye a la cocinera, tampoco a su hijo ni a Yamil González Pereira, mano derecha en este proyecto. «En periodos de campaña he llegado a contratar hasta 25 personas».

RIESGOS, NUEVOS PLANES, Y DESAFÍOS

Al margen de la piscina, aclara Pachi, «la sequía sigue de enemiga. El agua no llega por gravedad. Hay que bombearla con la turbina. Eso lleva petróleo y no hay. Maldito bloqueo».

Dice que la misma limitación impide el uso de su tractor para roturar. «Pero lo hago con bueyes. Tengo una yunta y ando en trámite para comprar otra, y otro caballo».

«Venga conmigo -invita, y en un chiquero rústico deja ver cerdos de capa oscura y disimiles tallas–. «En total ya son 22 animales. Toda su comida sale de aquí, de la finca».

EL «LIBRO»

¿Quién, como Pachi, para enseñar los secretos de extraerle fruto a la tierra? ¿Quién, como su hijo, para apropiarse de un empirismo ancestral tan vasto, y sazonarlo con ciencia y teoría?

Eliecer Julio, el hijo de Pachi, el que cursa el primer año de Agronomía en la Universidad de Guantánamo, le dedica tiempo a los textos de su especialidad, y a las orientaciones online que recibe de su alma mater.

«Pero aquí tengo este libro verde grandísimo, desde antes de empezar la carrera», razona, con un gesto que parece abarcar las 22 hectáreas en las que «repaso, comparo, experimento, anoto, me hago preguntas, busco contradicciones y las discuto con mi papá».

Hay huellas que parecen insignias en las endurecidas manos del joven. El surco y Pachi le han graficado conceptos, y él ha aprendido a mirar más allá de lo abstracto, a producir en entornos adversos, a entender que la tierra, a quien la cuida, lo recompensa. (Tomado de Granma)