En tiempos electorales santacruceños rememoran pobreza y mañas de politiquería prerrevolucionaria

De aquel pasado, “descendiente orgánico” de la explotación, afianzado a las mañas de la politiquería tramposa, dieron su testimonio tres santacruceños, hijos de los que tuvieron la desdicha de convertirse por derecho legítimo en  herederos de la pobreza y el desamparo.

 

“Mis viejos tuvieron un chorro de hijos. Los varones desde el vientre materno teníamos el trabajo asegurado. Nada de estudios ni juguetes. Lo poco que se conseguía era para comer. La ropas y zapatos… cuando se podía”.

 

Enrique Naranjo Figueredo a los 8 años ya era uno de los pescadores de otra de las maltrechas embarcaciones propiedad del casetero Roberto Font. “La achicábamos a cada rato porque se iba llenando de agua salada. Así en esas pésimas condiciones salíamos a ganarnos los quilitos”.

 

Aquella, dijo, fue una etapa peor que la muerte: “La libra de biajaiba la pagaba Font a dos centavos. Cinco quintales de ese peje, por ejemplo, costaban cinco pesos.

 

Mis tíos Joseíto Flores y Evangelino Figueredo, también yo, le dábamos un porciento de las ganancias al dueño del bote, el resto se repartía entre nosotros. Algo, obligatoriamente, debíamos dejar para la compra de víveres y gasolina Se nos quedaban los bolsillos peladitos, peladitos”.

 

Darío Fernández Díaz (El Galleguito) sólo alcanzó el segundo grado de escolaridad. “Mis hermanos no aprendieron casi nada tampoco. La guagua, para poder asistir a la escuela pública de Santa Cruz del Sur, costaba 15 centavos ida y vuelta. Fue imposible continuar pagando el transporte. El adiós al aprendizaje fue definitivo”.

 

El guajirito vivió en Bijalito, área rural alejada cinco kilómetros de la cabecera municipal. “Teníamos que levantarnos por la madrugada a ordeñar las vacas. Por la tardes ayudábamos al viejo a chapear potreros, sembrar cultivos varios o cortar la caña cuando llegaba la época de zafra. La caballería propiedad de mi papá daba rendimientos para sostener apenas a la familia”.

 

97 calendarios ahondan la piel gallega de Pilar López Baños. “Lo que le cuente es poco de esa miserable época. Éramos nueve hermanos. Seis, nacimos hembras. Figúrese usted, la vida nos llevó contra la cerca. Por ser mayoría, mi papá no tuvo contemplación con nosotras.

 

Estuvimos siempre a la par de los varones en las faenas de cualquier tipo”. La finca, situada en Becerra, comunidad cercana al poblado santacruceño de Haití,  dio los beneficios indispensables. Sin embargo las fatigas, los bruscos esfuerzos  dejaron magullada la alegría de la anciana que una vez fue niña. “Borré de mi boca la sonrisa”, aseveró la fémina.

 

Las mañas de la podrida politiquería de antes de 1959, fueron presenciadas por Enrique, Darío y Pilar, al igual que cientos de miles de cubanos de su edad. “Aquella gente hacía lo que les daba la gana”, afirmaron.

 

Los colegios electorales custodiados por guardias rurales, las cédulas pagadas para favorecer a los ricachones, las promesas engañosas, las urnas repletas de falsas boletas, subsisten en la memoria de los entrevistados.

 

Después del triunfo de la Revolución los humildes de Cuba pudieron ser partícipes de un proceso democrático a su favor, y por fin ser dueños de la libertad y derechos que le pertenecen.