Símbolos patrios: Usarlos con el corazón

Por: Lissy Rodríguez

Si me preguntaran, yo diría que quiero llevar un pulóver con una bandera cubana que le diga a todo el que pase por mi lado que soy de esta tierra y no de otra, que aquí nací y aquí quiero vivir.

Algunos dirán que el amor a la patria se lleva en el corazón y no hay que gritarlo a los cuatro vientos, yo respondería que en un mundo inundado de imágenes, unos escogerían otras banderas y símbolos que a veces pueblan nuestras calles sin sentido, pe­ro yo elegiría esa, la mía, y no otra, como ta­lismán.

Se extrañarían muchos si digo que quiero colgarla en el balcón de mi casa, y que si un día ganáramos un campeonato mundial quisiera tatuarla —no de verdad—, pero tatuarla en mi rostro mientras espero ansiosa que Cuba salga vencedora.

Ahora quizá alguien piense, “eso está prohibido”, “eso es una falta de respeto”, “¿acaso no existe una ley?”.

Hace poco pasé por una tienda y al quedarme mirando exorbitada el precio del pulóver de mis sueños, de la bandera que quiero tener en mi cuarto, el dependiente preguntó preocupado ¿qué miras?… Pero ese no es el tema, aunque lo roce, incluso aunque para hablar de símbolos en Cuba haya que referirse al comercio que pone a mi bandera lejos de mí, a las ausencias de estos de espacios vitales y a los malos usos.

Precisamente los símbolos nacionales resultaron motivo de debate hace pocos días en el Taller de análisis historiográfico: La Historia como problema, organizado por la Academia de la Historia de Cuba (AHC), donde jóvenes y no tanto, profesionales cubanos todos, condujeron un debate rico en pronunciamientos que afianzaron la necesidad de repensar su empleo, ante una sociedad que no se parece a la que en el año 1983 dictó la ley (Ley 42), ni la que en 1988 aprobó su reglamento.

Ante las alarmantes señales de su incumplimiento y de que, en la práctica, sería imposible hacerla valer, por lo restrictivas y desfasadas que han quedado algunas de sus dis­posiciones, una Comisión para el estudio de re­forma de los símbolos patrios, creada por la AHC, presentó una serie de propuestas que dirigirán a la Asamblea Nacional, entre ellas, que podría autorizarse el uso de los símbolos nacionales, así como las reproducciones de los próceres icónicos de nuestra nacionalidad, “cuando su motivo sea obviamente pa­triótico, mas no de carácter netamente co­mer­cial”, teniendo en cuenta que la ley, en la mayoría de los casos, no hace una diferenciación de lo que puede constituir objeto de bur­la, o bien podría significar estímulos al orgullo nacional.

Entonces recordé esos días de mi niñez cuando, aunque llegaba tarde y no había traspasado aún el umbral de la escuela, se escuchaban los ecos de los niños que en la plaza entonaban las notas del Himno Na­cional, y mi madre me enseñaba a pararme en firme, rindiéndole tributo. O las clases de Educación Cívica donde se me explicaba su historia y el significado de las formas y colores de la bandera, el deseo y orgullo de ser quien la izaba, y a mi profesor de Preparación para la Defensa en el preuniversitario, ­ex­pli­cándome ya una legislación sobre los usos de los símbolos, que era transgredida en múltiples es­pacios.

Un paseo breve por las calles de la ciudad, y veremos la bandera adornando los vehículos, reproducida en suvenires y camisetas, en una tumbadora, en diseños de todo tipo, o col­gando día y noche en la entrada de una institución oficial, todo lo que, en un vistazo al artículo 24 del Reglamento de la Ley de los Sím­bolos Nacionales, está prohibido.

Peor aun, ¿cuántas veces no hemos visto una bandera que ya hace mucho tiempo sus franjas no son azules, ni su triángulo rojo, y que a la estrella solitaria el tiempo la ha teñido de sombras amarillentas, presidiendo nuestras reuniones?

Imágenes del mal empleo de nuestra enseña nacional habían llegado a mí tiempos atrás, como una muestra evidente de cuánto ur­ge atemperar la legislación vigente a la ac­tualidad, y tomar cartas en el asunto del respeto a los símbolos patrios, lo que significaría, en definitiva, interesarse por cuidar la identidad nacional.

Una joven, profesora de la Facultad de Cien­cias Médicas de Diez de Octubre además, Ya­net Torres Castañeda, presente en di­cho Ta­ller…, se encargó de resumir en unas palabras lo que, aunque pueda parecer absolutista, creo que sienten los jóvenes cubanos que aman sus símbolos: “¿Por qué yo no puedo lle­var un pulóver con mi bandera? Es bueno en­tender que el patriotismo se enarbola también de esa manera, y que no estamos cometiendo ningún pecado con hacerlo. Yo quisiera que la ley me tuviera en cuenta, yo quiero tenerla en mi cuarto, ¿por qué no?, ¿que hago algo mal? ¿dónde la compro? Si antes la llevaban en la cartera los revolucio­narios porque no la podían mostrar, hoy yo la quiero mostrar y no la puedo tener”.

Otros volvieron sobre la necesidad de cantar el Himno Nacional como una marcha de combate, sobre las distintas versiones que existen y la prudencia de llegar a un consenso en cómo escribir su letra, sobre si es correcto o no que Alexander Abreu haya estampado en su canción bailable un fragmento, sobre la ausencia del Escudo de la Palma Real en las instituciones docentes.

Yo diría que no quiero a mi bandera como un símbolo abstracto, si me preguntaran, sino como lo que me representa verdaderamente el orgullo de haber nacido en esta tierra. Diría que desde el respeto puede la ley ser más flexible, la escuela y la familia más educativa, y el pueblo y sus símbolos podrían verse uno en otro más representados.

Todavía con el sabor del café en los labios, porque no podría faltar en un debate de cubanos, minutos después de concluido el Taller…, me acerqué a Eduardo Torres Cuevas, y él en una frase cerró el círculo de ideas que hasta el momento me parecieron más que útiles: “Nu­es­­tra primera preocupación es por tener una ley acorde con estos tiempos, pero lo se­gundo y lo más importante es la conciencia, que más allá de la ley, la gente sepa cuáles son sus símbolos, el valor que tienen, lo que significan, y puedan usarlos, de la manera que esté establecido, pero con el corazón”. (Tomado de Granma)