Quimeras de barbero adolescente

Viene de Historias de un respetable barbero

Historias de un respetable barbero (II parte)

Quimeras de barbero adolescente

“Ya había cogido los 13 años, me sentía más hombre, quizá por esto tenía metido en la cabeza el sueño de hacerme rico, ¿sería acaso yo el primer barbero en Oriente en amasar una inmensa fortuna? Tenía a favor un mundo por delante y muchos pelos a tumbar, de todos los colores y estilos”.

Pablo Cardero Vega ya sabía, en ese periodo de la adolescencia, que la vida es guía a pesar de los fuetazos, dispuesta dar, sin esperarlos, algunos escasos favores.

“Por eso es bueno saber transitar por la cuerda floja. Reprocharle a la existencia los bejucos con que muchas veces nos enreda los pies, es como luchar contra lo imposible. Cuando se nos pone a prueba la fe nunca se desecha por amargas que resulten las circunstancias. A todo el mundo, eso se sabe, las fortunas no le caen del cielo”.

Quería tener sus propios medios de trabajo. “Pelaría, pensaba, semanas enteras sin dormir, en caso de ser preciso. Así podía, llegada la posibilidad, darme un gran banquete de bistecs de vaca en la cantina de Amparo Fuente. ¡Ah!, eso sí, no olvidaba mis viejos, ellos habían hecho mucho por mí. Los centavos que sonaran en mis manos lo compartiría con ellos.

“Conversaba con el destino para que no fuera a tirarme hacia algún costado embrollado, le pedía fuera misericordioso. Tuve la suerte de comprar una tijera, algo usada, a Manolito Olivera. Él fue más gentil de lo que esperaba; recuerdo clarito, clarito, sus palabras: ¡Vaya, para que tires como puedas!

“Mis manos temblaban, los nervios me enredaron la lengua. No encontraba fuerzas para abrir el obsequio, estaba envuelto en un pedazo de periódico. En letras rojas resaltaba un titular: Hay que tener fe que todo llega. Nunca supe si Manolito lo dejó visible para que lo tuviera en cuenta.

“Dentro de aquel envoltorio se hallaba un paño, un cepillo, una brocha y dos peines, todo usado, aunque en adecuado estado

Lorenzo Yero, otro inolvidable amigo, se desprendió de una vieja navaja. Ya podía ir haciendo algo más serio sin tener que partir las botellas de Anís Escarchado. ¡Ahora sí debía entrarle dinero a mis bolsillos!”

… Continuará