Pescador de Santa Cruz del Sur, rebelde desde la clandestinidad

Santa Cruz del Sur, 31 may .- Le entregó el primer llanto a la vida entre añosas redes, anzuelos asidos al salitre, los pies descalzos del padre y los tíos, quienes como rutina llevaban los pantalones recogidos por encima de los tobillos, para no gastar monedas en calzados, pudiendo socorrer en ocasiones a la familia con lo que apenas proporcionaban las ventas de pescado.

A gatas, cuando no había aprendido a dar un paso, llegaba Edmundo Mario a las embarcaciones de sus allegados, fondeadas al final del fangoso patio de la casa de la familia López García, inmueble donde el pequeño aprendió a decir bote, antes que otro vocablo propio de la edad, “rodeados de despótica pobreza hasta el 31 de diciembre de 1958”.

Creció entre los remos y las calamidades de la gente desamparada, jamás decidida a rendirse. “La fuerza del mar, el sol abrasador, la aspereza de aquellos tiempos, nos enseñaron a enfrentar la vida mirándole a la cara”.

Generación, tras generación de pescadores había sido atrapada por el olvido sin posibilidades de escape “No sabíamos hacer otra cosa que pescar”, acotó. “Sin embargo, nunca vi a nadie de mi gente infeliz ni yo me sentí un desgraciado. El sustento lo buscábamos a como diera lugar; sin dejar de pensar que éramos explotados”.

También el analfabetismo pretendía cerrarle los ojos y taparle los oídos “La guardia rural, los malvados lacayos al servicio del ejército Batistiano, la burguesía, nos consideraban personas brutas. Pude ir a la escuela en esa época hasta el cuarto grado, aunque no había que estudiar mucho para llegar a conclusión definitiva: Cuba requería ser libre”.

A varios jóvenes del poblado La Playa donde vivía Edmundo, se les acercó Juan Segundo Lachicott, evocó. “El los conocía bien, incluso hasta su forma de pensar. La mayoría de la familia de Lachicott era del Partido Auténtico; lo instruyeron conforme al asunto, pues hasta a mí pudo convencerme”.

Algunas noches, dijo, se reunieron en el domicilio de un militante del Partido Comunista, de apellido Trujillo. “Vivía en Llega y Pon (hoy reparto “Jacinto González”). Se hablaba de recoger armas, sin embargo, eso nunca se concretó. La idea de congregarnos así, luego se apagó. Nunca hubo nada definido”.

Al atacar Fidel el cuartel Moncada, se conformó la primera célula del Movimiento 26 de Julio (M-26-7) en La Playa. “El jefe superior en esa área era Algérico Lara Correa (caído en combate en la emboscada hecha por fuerzas enemigas a la Columna 11 del Ejército Rebelde en el poblado rural Pino Tres, a finales del año 1958), el inmediato líder fue Pedro Fonseca. A partir de aquí comenzaron a realizarse varias acciones clandestinas en contra de la tiranía”.

Días después Braudilio Suárez en el bote La Paloma, trajo varias bombas desde Niquero, en el oriente cubano, refirió López.

“Se planificó hacerlas detonar enseguida; explicándosenos, harían únicamente estruendos. Nadie saldría perjudicado. Entramos en horario nocturno al antiguo cine de madera en la cabecera municipal. La orden sería consumada”.

“Varios espectadores de ambos sexos veían la película anunciada en la cartelera. Tan adentrados estaban en el filme, que un compañero nuestro encendió la mecha del explosivo, con el propio tabaco que se estaba fumando… hizo rodar al instante la mediana bomba. A mitad del semioscuro cinematógrafo, aquello hizo: ¡Bum! La gente salió que se mataba, olvidándose del animado pasatiempo”.

Luego procedieron, ellos y otros camaradas de fila, a cumplir lo acordado. “Nos juntamos en el bar Sabino. Allí nos sentamos alrededor de una de las mesas. Cuando nos encaminábamos hacia ese establecimiento, otros estallidos se escucharon al unísono en distintas partes. Pedimos algo para consumir, pues era bueno disimular”.

“Al poquito rato llegó la guardia rural montada en un carro. Nos hicieron algunas preguntas, incluso fuimos considerados sospechosos, gracias al policía que estaba en otra mesa tomándose una cerveza, quedamos libres de culpas, pues él aseguró conocernos”.

Muchas más acciones relacionadas con la colocación de propaganda revolucionaria; el envío de armas, municiones, avituallamiento y dinero, acometió el M-26-7 en Santa Cruz del Sur.

Aprovechándose de las oscuras madrugadas Braudilio Suárez, sobre La Paloma, navegaba con esa carga hacia el oriente cubano, haciéndola llegar a Fidel en la Sierra Maestra, y luego al creado frente Camagüey, defendido por las tropas rebeldes.

“Si hubiera caído en cumplimiento de cualquier misión del Movimiento 26 de Julio, habría seguido la lucha después de muerto por la libertad que pudimos conquistar. Cada hombre o mujer que le aportó sus energías, la sangre al triunfo revolucionario y continúa defendiendo este archipiélago socialista merece la medalla de la dignidad”, consideró emocionado López García.