La Habana que aún devela sus secretos

Al desandar por las calles de cualquier ciudad de Cuba, principalmente las capitalinas, es imposible no apreciar la amalgama de estilos arquitectónicos añejos y contemporáneos que en cada una conforman una particular fisonomía.

Tal es el caso de La Habana, donde un escuela arquitectónica europea como la barroca fue trasladada, aunque tardíamente, a sus edificaciones señoriales e institucionales, durante la colonia.

Desde su surgimiento, en la Italia de principios del siglo XVII, el barroco se comparó con otros estilos más clásicos y fue rechazado por expertos, quienes lo clasificaron como decadente.

Nadie pudo impedir su poderoso avance y de Roma se irradió al resto de Europa, donde floreció para el mundo, a pesar de sus detractores. Cuando llegó a Cuba, hacia 1775, ya había vivido su apogeo.

Sin importar lo exótico de sus formas, el barroco se extendió por todo el archipiélago hasta conformar, junto a otros modelos culturales, parte de nuestra identidad nacional.

No obstante, algunos entendidos consideran que el barroco cubano nunca tuvo los desbordamientos del original, sino que fue más austero y elegante.

Este modo de hacer tal vez fue impuesto por la dureza de las piedras de cantería a mano de los antiguos constructores en la Isla.

Aunque el referido estilo llegó a Cuba cuando ya no era una novedad en el Viejo Continente, ello no creó obstáculos a su asimilación y uso en las construcciones religiosas, militares, civiles y domésticas desde el período colonial, con una expresividad muy propia.

El centro histórico de la ciudad muestra  exponentes de excelencia en la Catedral de La Habana y en la fachada de la mansión conocida como Casa de la Obra Pía.

Con el paso de los años sus códigos se conjugaron con elementos del mudéjar, el neoclásico y otros estilos, dando como resultado lo que muchos estudiosos han dando en llamar, barroco cubano.

Se aprecia en acabados en forma de arcos, en tanto paredes con entrantes y salientes en las fachadas hacen la magia de las luces y provocan efectos claro-oscuro, seguidos de imponentes columnas y pilastras adosadas a los muros, que no pierden su función de soporte para decorarlos.

La otrora villa de San Cristóbal de La Habana, señalada por muchos por su desigual cuidado y alabada por quienes son capaces de ver más allá de sus grietas y los estragos del tiempo y el clima, deviene todavía musa inspiradora.

El rescate paulatino a través de la gestión cultural, la revalorización y la restauración de antiguos inmuebles, revitalizan a una ciudad donde el bregar diario, a veces involuntariamente, parece condenarlos al anonimato.

El abanico de estilos en la arquitectura habanera constituyó el cimiento para el desarrollo urbanístico de una ciudad que hoy sigue creciendo con diversos programas directores y maestros, promovidos por las autoridades.

Esa es La Habana, la que nace y la patrimonial, que poco a poco retribuye a sus habitantes con los nuevos lustres de algunas de sus calles, antiguas casonas, construcciones religiosas y militares. (AIN)