Rememoran santacruceños fatídico suceso del 9 de noviembre de 1932

Por esta época, cada año, la atmósfera anda sobrecargada de tristeza. Un lejano musitar del aire arrastra el débil gemir de heterogéneas voces. El olor putrefacto del salitre muestra sus “músculos” secos.

Hasta las gaviotas han querido esconder el alegre graznido en el verdor de los manglares. Retorna a la memoria santacruceña el terrible drama causado por el huracán del 9 de noviembre de 1932, a las familias asentadas en el otrora poblado, levantado a lo largo del engañoso litoral.

Excesiva seguridad contagiada de inocencia no dieron la debida importancia al “monstruo” meteorológico que apareció rugiendo desde el fondo marino harto de perversas intenciones.

“Será algo pasajero”, “no tenemos por qué abandonar las casas”, “nada malo va a ocurrir si le rogamos al Todopoderoso”, fueron seguramente algunas de las expresiones de los decididos a no abandonar la próspera comunidad de pescadores y comerciantes.

La furia de las olas sobrepasó lo inesperado. En fuego se convirtieron las ráfagas de vientos enviadas desde el infierno diabólico. Gris fue el color del frío, la desesperación, el sufrimiento, la agonía.

Muchos alientos quedaron clavados en las palizadas. El mar embravecido no quiso ceder ante las suplicas, los rezos, las lágrimas envueltas de sal, infortunio, muerte.

Silbido apesadumbrado proyectó por doquier ese noveno día. El tiempo ha transcurrido sin borrar las penosas remembranzas.

Las víctimas de aquel desastre estuvieron destinadas a quedar en dos desconsolados bandos: el de los sobrevivientes obligados a cargar de por vida las agobiadas amarguras y los que quedaron transformados en monumento, blanca sepultura, epitafios. Estos  últimos continúan recibiendo el tradicional homenaje del pueblo.