Quien siembra amor cosecha amor, dice padre santacruceño

Santa Cruz del Sur, 21 jun .- No es por hábito que a Aurelio le apasiona hablar de ciclones. Las historias sobre esos fenómenos meteorológicos las tiene recopiladas, sin faltarle un detalle, en la memoria. Un amplio repertorio desglosado en atrayentes anécdotas, tal parece nunca acabar. Los 7 hijos, 11 nietos y 10 bisnietos del animado anciano, atestigua, se interesan por escucharlo, pues siempre coloca en la plática un elemento nuevo que le puso en riesgo la vida. 

 

Este hombre de 98 años tiene más costumbres que edad. Cualquier otra cosa puede faltarle menos el café. “¿A qué cubano no le gusta?”, demanda chispeante

 

“Tamayo Pérez son los apellidos recibidos de papá y mamá. Inscribieron un batallón de muchachos; éramos diez hermanos. No nos faltó el amor: el sentimiento mayor del mundo. Nos inculcaron que los seres humanos tenemos dos padres, el biológico y el celestial. Aunque al segundo nadie lo ha visto, sé que ellos tenían razón”.

 

Advierte encontrarse medio sordo. Sospecha “pudiera ser consecuencia de las ráfagas de algún huracán. Cuando joven desafié varios en Vertientes (municipio camagüeyano)… Vaya usted a saber si esa es la causa, tampoco deseo perder tiempo en investigar”, dice dejando escapar una satírica risita.

 

Recalca que a sus hijos les pidio estudiar, “y cada uno se preparó en lo que quiso. Todos trabajan. No tuve oportunidad de prepararme; de lectura y escritura no sé nada porque terminé a duras penas el primer grado. Los ricos, antes del triunfo de la Revolución, eran los favorecidos. Los pobres sólo lográbamos vereda para las desgracias. A los hombres que estudian nadie los puede engañar. Fidel le abrió las puertas a todos los cubanos; mandó a construir muchas escuelas”.

 

Dice haber sido un padre respetuoso. “Les di y doy cariño;  si hacían algo incorrecto los regañaba nada más. Nunca mis padres nos castigaron. Se debe saber criar sin maltratos. Con los hijos no se termina, si necesitan un consejo debemos dárselo. Yo supe repartir sentimientos buenos, ahora los recibo”.

 

Aurelio lleva en las uñas el vestigio de las severas ocupaciones en la tierra, donde dejó estampado el rastro de la honradez. “Soy hijo de campesinos. Me enseñaron que la honestidad no se pierde cuando las riquezas salen de las faenas dignas. Llevo la cabeza en alto frente a mi familia. Sólo se debe obtener la riqueza del esfuerzo personal sin robar”.

 

Exhortó Tamayo al reportero a visitarlo en cualquier oportunidad. “Podríamos comentarle más sobre los ciclones;  todavía hay cosas que no he revelado”.