Finca santacruceña La Ramona, ejemplo de tesón y perseverancia

Una enmohecida carreta que alguna vez fue tirada por un rumiante, ha quedado como huella inalterable del trabajo a la orilla de un curvilíneo sendero, precisa vereda que entre salteadas palmas canas y yarey conduce hasta los umbrales de la finca La Ramona, algo apartada del barrio Quesada, en Santa Cruz del Sur.

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A los extraños los intentan agredir pequeños perros que entre reiterados ladridos y no menos molestos gruñidos, sólo renuncian a tales manifestaciones cuando algún integrante en la familia Monteagudo Martínez, les ordena silencio.

Allá no se pregunta al que llega si quiere alguna bebida o alimento, la usanza es atender diligentes a quien de ellos requiera. Ser gentiles los significa, colocando sobre la mesa, donde tantas veces se reúnen, el caliente sorbo de un vivificante café o una apetitosa caldosa.

Los afanes tienen exigencias propias al despuntar el crepúsculo matutino. “Yo soy el primero en levantarme y el último en acostarme”, comunica resuelto Rafael Monteagudo Monteagudo, el cabecilla en esta estirpe campesina.

Profusas destrezas ha alcanzado Irán Casanova Castillo, nacido en esta descendencia. “Soy guajiro y el guajiro es del monte, donde cada día es primordial hacer varias cosas: arreglar una cerca, ayudar en el ordeño, ensillar las bestias, darle de comer a los animales. Nunca tenemos chance para el ocio, el sacrificio es lo primero. Tengo cumplido los 17 años, soy muy joven, pero la razón revela: seré el relevo, y no se le puede dar al cuerpo todos los gustos”.

Antes que las gallinas suelten el primer cacareo y los gallos anuncien los primeros claros, cada cual sabe los obligaciones a desempeñar. Entre las esenciales tareas se ubica el ordeño, diligencia a la cual se destinan ocho de las doce vacas, el resto están gestadas.

El anterior año Monteagudo puso en el Lácteo local los tres mil 500 litros de leche indicados en el plan. Durante este calendario sus manos les extrajeron más a las productoras, ya que el compromiso anual había ascendido otros 300 litros.

“Lo que en el 2014 he aportado es destinado a la producción de queso. Durante la primavera se lograban diariamente 50 litros, ya en la seca se obtienen 20. El producto se sitúa en un punto distante, a tres kilómetros, para el acarreo”.

A este campesino el asma no cesa de fatigarlo, fue la causante que no pudiera continuar en la vida militar. “Como soy del campo a la agricultura volví hace bastante tiempo, heredando un caballería de tierra de mi mamá. Permuté de Pelayo, en el poblado Haití, para acá. Solicité otras dos caballerías en usufructo, y me las otorgaron, una la dedicaré a cultivos varios, las demás se emplean en el pastoreo”.

Cuando este consagrado hombre descubrió la existencia de Cándida Martínez Santana. “No me prometió ni villas ni castillas. El visitaba la casa de una hermana mía; en una de las oportunidades que conversamos aseguró vivir solo. Decidimos unirnos en el amor y el trabajo”.

Durante dos décadas fue cocinera en la Cooperativa de Producción Agropecuaria (CPA) Horacio Cobiella. En este afán, puedo aseverar, es difícil sobrepasarla. Sus caldosas tienen fama en el barrio Quesada.

La Ramona se encuentra distante pero apoyada. La familia Monteagudo Martínez no coloca las cabezas en blandas almohadas hasta bien avanzada la noche. Cada labor en el nuevo amanecer tiene fin exitoso.

A la carreta abandonada a la orilla del sendero quizás no le vuelvan a crujir los muelles, como en aquellas épocas en que un robusto buey la movía por intrincados caminos. El óxido continuará causándole mayor deterioro, aunque no podrá eliminarla, porque las huellas del trabajo consagrado quedan a la vista de quien se adentre en esa ruta. (Raúl Reyes Rodríguez/ Radio Santa Cruz)