[:es]Salvó la Revolución de la ignorancia a combatiente del Ejército Rebelde[:]

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Santa Cruz del Sur, 20 mar.- Las energías no se le apagan al combatiente de 82 años. Las labores que muchos hombres prefieren pagar para verse libres de las “magulladuras” causadas por el cansancio, Alfredo Nicelio Cambra Ramos las realiza complacido. Hace carbón sin tener en cuenta los pinchazos del marabú, no le da chance a la manigua en su patio, también siembra alimentos en un pedazo de tierra.

“Eso lo aprendí desde chiquito. Mi hermano y yo sufrimos mucho las consecuencias de la miseria, el dolor de las llagas en las manos con las que pudimos coger libreta y lápiz, para aprender muchas cosas, cuando triunfó la Revolución”, indicó.

Este vecino del barrio La Rosa, aledaño a la carretera que va hacia el poblado Haití, distante más de diez kilómetros de la cabecera municipal, lo tomó por sorpresa las actividades clandestinas de un amigo. “El pertenecía al Movimiento 26 de Julio (M-26-7). Me habló sin rodeos del objetivo de la lucha. Llegamos a formar una célula compuesta por 11 compañeros”.

En las reuniones secretas, dijo, planificaban las acciones subversivas a ejecutar. “Le dimos candelas a varios cañaverales, también incendiamos algunos tramos de la vía férrea por la zona de La Caobita. Hasta que el Cabo de la guardia rural de apellido Navarro nos alertó: Nuestras vidas estaban en peligro”.

De inmediato tomamos un atajo, desconocido para muchos, Malvino Tié, mi amigo y yo, incorporándonos a la Columna 13 Ignacio Agramonte comandada por Víctor Mora. La tropa se encontraba oculta en los montes de San Miguel del Junco sin dejar de cumplir las misiones encomendadas por Fidel, para derrocar a la tiranía”.

La fuerza se divide en porciones tomando distintos rumbos por territorio camagüeyano. La orden era golpear constantemente la base económica y militar del régimen. “En la compañía del Capitán Conrado Benítez estaba yo.

Nos indicaron, agregó, ir hacia los montes Meso en el área de Cuatro Compañeros. Allá le prendimos fuego a 44 vagones cargados de azúcar y  cortamos las comunicaciones en el lugar llamado el Seis de Agramonte. Nos hicimos sentir”.

Parecida a una cuerda que apretaba sin clemencia, era la ignorancia arraigada en los humildes. “Ese primero de enero de 1959 lo beso en mi pensamiento todos los días. A partir de ahí tuvimos la oportunidad de estudiar, ser respetados, trabajar por un salario decoroso, recibir asistencia médica gratuita”, manifestó este jubilado del sector cañero.

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