El cinématographe hace 115 años llegó y se quedó

Fue el rotativo Diario de la Marina, uno de los que reseñó el 24 de enero de 1897, hace 115 años, lo que fuera recogido en la historia cinematográfica como la apertura del primer cinematógrafo en la urbe habanera.

Si bien fue el día anterior cuando la capital disfrutó de esta maravilla, el viaje del cinéma a la Isla comenzó mucho antes.
   
Cuando en 1895 los hermanos Lumiére presentaron el proyecto allá en París, superando a otros sistemas de proyección ya patentados, no  pocos quedaron atónitos y rápidamente surgieron imitadores en diferentes regiones.
   
Aunque los comienzos de este medio de reproducción del movimiento y la vida eran silentes, al público parisino no pareció importarle, mucho menos cuando los filmes eran acompañados por pianistas o alguien que hacia derroche de imaginación y explicaba lo que supuestamente sucedía, los llamados parlantes.
   
Tuvo tal su repercusión en el mundo, que Cuba no quedó excluida del disfrute del artefacto. Ya sea por interés económico o por ser colonia española y punto descollante en el comercio con otras naciones, el cinematógrafo cruzó los mares.
   
Al francés Gabriel Veyré, en calidad de concesionario de los hermanos, se le encargó semejante misión.
   
En la Isla caribeña ya se atesoraban experiencias fílmicas como los dioramas, los panoramas y las siluetas o vistas fijas. Las crónicas también recogen la existencia de un espectáculo casi parecido al francés, el kinetoscope, confinado a pequeños barracones en los alrededores del Teatro Tacón.
   
Tales iniciativas resultaron muy curiosas por aquellos tiempos. Gozaron de un modesto éxito que llegó hasta un público entusiasta pero escaso. Jamás pudieron compararse con la propuesta francesa.
   
Entonces no era de extrañar que la fama que antecedió tal invento provocara revuelo en La Habana.
   
Mesié Veyré, tomando las providencias pertinentes y haciendo honor a su designación se hizo de un local, que otrora fuera el número 126 del Paseo del Prado, y hoy ocupa el vestíbulo del actual Teatro García Lorca.
   
Fue allí, el 23 de enero de 1897, donde se llevó a cabo la primera proyección en calidad de prueba a las autoridades y a la prensa.
   
Al día siguiente los diarios más importantes, entre ellos La Marina, se hicieron eco del acontecimiento. Destacaron el deleite de los espectadores que repitieron una y otra vez las funciones sin reparar en los altos costos de las entradas y las condiciones climáticas de la pequeña sala.
   
Los cortos de apenas un minuto de duración, que debutaron con éxito en París, fueron los más populares y comentados por los periódicos, y quizás para ganarse el favor de las autoridades peninsulares, en días posteriores se pasaron películas realizadas en España.
   
Se dice que el primer día de proyección, en las 10 tandas transitaron por la sala alrededor de un millar de espectadores. Los beneficios del empresario francés se acercaron a los 400 pesos, una fortuna para la época. Así fue, de espectacular los comienzos del cine en la Isla.
 
A mesié Gabriel no solo se le atribuyó el hecho de ser quién introdujo el cine en Cuba, sino que también filmó lo que se calificó como la primera realización fílmica en el país. A partir de la idea que le proporcionó la actriz española María Tubau, quedó plasmado en la historia y como referencia a la hora de hablar del séptimo arte en el país, Simulacro de incendio.
   
Pero como reza el dicho popular, en casa del pobre la felicidad dura poco, el divertimento que los primeros meses movió a más de media Habana llegó a su fin. En marzo del propio año un pequeño incendio destruyó parte del mobiliario.
 
El sitio donde se proyectaron populares cortos como La salida del tren, El sombrero cómico, El regador regado o La partida de naipes, cerraba sus puertas.
   
Muy pocos fueron los esfuerzos por rescatar el pequeño espacio. Sin embargo en su lugar se abrió el teatro Irijoa, después conocido como Martí, para funcionar a manera de cine.
   
La Habana, ya no sería la misma. Al finalizar el coloniaje español y el regreso del exiliado actor cubano José E. Casasús, se comenzaría la expansión del cine publicitario al interior del país en los últimos meses de 1898.
   
Se abrieron las puertas a la república mediatizada, proliferaron los salones cinematográficos, comenzaron a ser manejados por empresarios y atestarse de publicidad, el cinematógrafo más que entretenimiento, se estaba transformando en instrumento de lucro.
   
Pero eso, eso ya es otra historia. (AIN)