Muñeca, combatiente santacruceña, sigue inspirada en Fidel

Santa Cruz del Sur, 7 mar.- La belleza interior se vislumbra en las palabras de la santacruceña que no considera a Fidel muerto. “Los hombres como él permanecen vivos. Lo veo en la montaña, oigo su voz exhortándome a no dejar de combatir. Él siempre confió en esta cubana que estuvo a punto de morir por la libertad. Sigo con las botas puestas y el corazón consagrado a Cuba”.

Al separarse sus padres en Niquero, María Eugenia Torres Acuña sigue a la madre. “Fuimos a vivir a Contramaestre”. Al llegar a la adolescencia el atractivo físico la destacaba mucho. “Cuando tenía 16 años apenas pesaba 100 libras, tenía la cintura muy estrecha y las caderas delineadas”.

El carácter sociable le favorecía tener amistades. “Porque fui una muchacha decente; preocupada por los problemas de los demás”. Las características personales de la oriental fueron seguidas paso a paso por los dirigentes del Movimiento 26 de Julio (M 26-7) de la zona.

“Ellos, jóvenes como yo, desearon mi apoyo. Hice el juramento de ser fiel a la lucha clandestina costara lo que costara”, destacó.

La discreción la mantuvo en el hogar para que su progenitora desconociera misiones secretas de la nueva miembro del grupo revolucionario. “Había riesgo constante pero el sigilo era el cardinal elemento inviolable”.

Va en misión hacia Mafo, como si fuera en viaje de placer. Cualquier movimiento de las tropas bastistianas, informaciones de valor, se las hacía llegar a Fidel a La Plata, a través de otros compañeros. “Los papeles los escondía en el ajustador. Tenía la orden que si era apresada debía comerme el mensaje, pero nunca traicionar ni en las peores condiciones”, recordó.

Los equipos de transmisiones de la emisora Radio Rebelde requerían de nuevas baterías. El Comandante en Jefe las solicitó. Una vez más María fue a comprarlas, eligió la tienda de Bueycito.

“Alguien hizo la delación. Fui apresada en plena vía pública acusada de Mau Mau. Negué serlo. Los guardias se comportaron groseros conmigo, querían que los llevara al territorio donde estaban los rebeldes. Me quitaron los zapatos, obligándome a caminar descalza por esos sitios tan pedregosos. Tenía los pies en mal estado, sangraban, pero a esa gente no les importaba eso”.

Se acordó de pasarse la mano de modo convenido por la cara. Era una de las señas para comunicarse con camaradas del Movimiento. “Algunos de los soldados le pidieron a su jefe que me dejara descansar. Solicitaron  al superior que lo acompañarían en el recorrido lomerío arriba. Al poco rato regresaron anunciando la muerte del desgraciado cabecilla. Quedé libre gracias a la ayuda de los anónimos conspiradores”, expuso enardecida.

En peligro de muerte ya estaba María Eugenia, por lo que sus jefes del M-26-7 le piden que  se marche de Oriente. “Vine para Macuto, comunidad de Santa Cruz del Sur. Allí vivía mi abuela materna Escolástica Sosa. De inmediato presenté mis documentos a los compañeros de la clandestinidad en Guayabal (poblado de la provincia Las Tunas).

Los guardias rurales me preguntaron si yo era Muñeca. Les dije que ese apodo lo tenía una prima mía, conseguí que me creyeran. En pocos días triunfó lo que la gente humilde como yo esperaba: la Revolución”.

Se integró Torres Acuña a las tareas de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR). “A cuerpo completo. También a la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).

 Porque el Comandante en Jefe en las llamadas telefónicas que me hizo en muchas ocasiones me pedía mantenerme firme.  Ahora me apoyo en un bastón para caminar porque a mi edad ya usted sabe… Sigo invariable. Fidel es mi ejemplo”.