Cuba, difamada por Estados Unidos, pone de moda la virtud

Permítame calificarlos de libelos. No queda otra opción cuando en medio de una pandemia global de gran letalidad, cierta prensa en el estado de la Florida alinea esfuerzos con la administración de Donald Trump para embestir contra la cooperación médica cubana, una campana de falsedades, nada nueva, pero doblemente injuriosa por las actuales circunstancias.

Tras bambalinas de las falacias esgrimidas por la prensa local de Miami, figura un comunicado conjunto de tres congresistas de la Florida: Mario Díaz-Balart, Francis Rooney y Debbie Mucarsel-Powell, junto a los mensajitos en Twitter de Michael G. Kozak, subsecretario de Estado adjunto del Departamento de Estado.

Para los legisladores anticubanos, el envío de brigadas médicas del Contingente Henry Reeve, presentes ya en más de 20 países, atendiendo a enfermos del nuevo virus, es «explotar» la actual situación «para beneficio político», y aseguran que, «al igual que sus socios autoritarios en todo el mundo, no se puede contar con el régimen cubano como un socio confiable en la lucha contra la pandemia del coronavirus».

El señor Kozak se monta en el mismo penco de la desgastada patraña de que nuestros médicos son explotados en sus salarios y escribe: «Cuba continúa violando convenios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que protegen derechos de trabajadores a organizarse, reunirse y negociar colectivamente. Cuba y países que aceptan sus médicos y enfermeras deben cumplir con sus compromisos con la OIT».

Una y otra vez reciclan la falacia y no les hacen falta prueba alguna de sus acusaciones a estas fuerzas obcecadas, cuyo propósito es justificar de cualquier manera el derrocamiento de la Revolución Cubana. La propaganda de descredito que, de hecho, no les da resultado, no cede ni siquiera ante una evidencia de solidaridad, proceder humano, profesionalidad médica y efectos contables positivos en la atención de salud.

Italia, cuya región de Lombardía ha sido centro de la Covid-19, recibió de inmediato una brigada de trabajadores de la salud desde la nación caribeña, y como comprobación de su utilidad, una segunda brigada ya llegó a una nueva ciudad de la región. Ya cuentan más de 20 brigadas llevando protección sanitaria a países de América Latina, el  Caribe, África y Europa, y se unen a las que permanentemente cumplen su vital y humanitaria labor en otras muchas más naciones.

Esa es la verdad objetiva, y no la que exhibe gracias a su poder mediático el hato de retrógrados y resentidos políticos estadounidenses, a quienes les sería mejor mirarse por dentro y no perder la cabeza, a costa del coronavirus; pero esos son quienes han inventado y reinventado programas, leyes y medidas para ejecutar su grosero robo de cerebros, o concretamente en este caso, de personal médico de comprobada profesionalidad.

No está de más recordar su repugnante programa de parole, mediante el cual llevaron por promesas salariales a que decenas de médicos renegaran de sus raíces patrias y del debido agradecimiento por su formación profesional gratuita y de alta calidad.

Que algunos se hayan prestado en otros momentos a ese absurdo, no les quita ni un milímetro de crédito, de prestigio, de conocimientos y de reconocimiento a quienes están comprometidos con el sagrado oficio de proteger y salvar vidas. Estos son miles, y en estos momentos cruciales ven con satisfacción que su continuidad está en cientos de estudiantes de muy diversas especialidades de las Ciencias Médicas en labores de pesquisaje a todo lo largo del territorio nacional, conscientes de la máxima martiana de que «el deber debe cumplirse sencilla y naturalmente» porque ningún verdadero e íntegro médico, enfermero, técnico o empleado de la Salud de Cuba, como tampoco los estudiantes, reniegan de la utilidad de la virtud, ni de un presupuesto que debiera ser principio universal en esa profesión: prestar servicio  en cualquier lugar, a cualquier hora y a cualquiera que sea su paciente.

En contraste con un imperio que ha preferido siempre enviar contingentes armados para hacer guerras e imponer su propósito de dominar al mundo, Cuba ha sentado cátedra con sus programas de colaboración, fundamentalmente en el mundo en desarrollo, subdesarrollado o tercermundista, como quiera que las ciencias sociopolíticas nombren a los más pobres del planeta, y esa solidaridad tiene crecido reconocimiento.

Debemos acaso mencionar que el origen del contingente de médicos internacionalistas Henry Reeve, fue el ofrecimiento de conocimientos y servicios de Cuba cuando el huracán Katrina devastó los estados de la costa sur de Estados Unidos, que se llevó miles de vidas de las poblaciones más pobres y discriminadas por el color de su piel, y donde la ineficacia —por ineptitud o con propósitos genocidas— multiplicó la tragedia. El entonces presidente de Estados Unidos ni siquiera respondió el compromiso humanitario que también revelaba otra máxima martiana: «Patria es Humanidad».

Por estos días, en las redes sociales algunos colegas fotorreporteros, recordaban la actuación de los médicos de Cuba en los remotos parajes montañosos centroasiáticos tras el terremoto de Pakistán; en la guerra al terrible ébola en África; en la sufrida, cercana y hermana Haití tras el terremoto y la epidemia del cólera; en las ahora desprotegidas regiones de Brasil, Ecuador y Bolivia —donde la Covid-19 se ensaña— porque están también carentes de sus cuidados por la desidia y ceguera de sus Gobiernos. Y traigo a propósito otro contundente axioma del Maestro: «El hombre que lo niega todo, a quien se niega es a sí mismo».

Por estos días los mensajes de reconocimiento a los médicos cubanos llegan desde instituciones de la comunidad internacional: Gobiernos, partidos políticos, parlamentarios, asociaciones de amistad con Cuba, personalidades de múltiples oficios y profesiones, activistas sociales, y de personas comunes y agradecidas… Simplemente se cosecha lo que se siembra, y este pequeño país y sus hijos han sembrado sobre todo amor, salud, las letras del conocimiento, las riquezas físicas y espirituales de todos los ámbitos de la cultura humana, y todo desde una ejecutoria ética ejemplar.

Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. Si se quitaran la venda del odio, de la irracional, malévola e inhumana conducta de juzgar al mundo por lo que ellos mismos hacen a diario con los demás o son capaces de hacer, otra sería la mirada y la respuesta.

En las actuales circunstancias un mundo espantado por la pandemia que se extiende ha visto horrorizado ejemplos de esa bestialidad en Estados que se roban unos a otros cargamentos de mascarillas protectoras o ventiladores pulmonares, a un poder en Washington que sanciona y obstaculiza la llegada de donativos de otros a naciones con las cuales mantiene una guerra solapada, en muchos casos cercos económicos de años y décadas, bloqueos criminales  a los que se les pide que levanten por razones humanitarias en una contingencia donde se requiere de un enfrentamiento común para derrotarla;  sin embargo, prefieren el apocalipsis y hasta quedarse tuertos si pudieran dejar ciego al otro.

Advertí que debían mirarse por dentro, y ahora se los recuerdo: la Florida es uno de los estados con mayor número de casos contagiados del SARS-CoV-2. Estados Unidos, lamentablemente, contaba este martes con 592 580 enfermos y 24 735  muertes.

Sin embargo, este martes,  Trump anunció que retirará los fondos a la Organización Mundial de la Salud. The Guardian, apuntó que  la «extraña y antagónica rueda de prensa que incluyó la emisión de un video de campaña atacando a la prensa», Trump la convirtió «en un berrinche presidencial» en el cual «se negó a aceptar que había metido el pie en su respuesta al coronavirus». Es la réplica colérica al largo artículo investigativo del diario The New York Times, el cual mostró que el mandatario desperdició un tiempo precioso en enero y febrero mientras numerosas figuras del Gobierno estaban dando la alarma sobre el coronavirus.

¿Cómo debiéramos calificarlos?

Si alguien explota la pandemia del coronavirus para su beneficio político, ese habita en una sombría Casa Blanca en Washington D.C. y tiene también aposentos en el estado floridano. Por supuesto, una funcionaria de cuarta o quinta categoría lo replica desde la embajada que cela en La Habana.

Mientras, los médicos cubanos se dan en hermosa entrega a la vida humana. Ellos lo saben, tal y como dijo Martí: «están haciendo obra universal», «ponen de moda la virtud», cultivan el «sentimiento que es también un elemento de la ciencia», y si a pesar de las difamaciones, «inspiramos hoy fe, es porque hacemos todo lo que decimos».

Por: Juana Carrasco Martin/ Juventud Rebelde