MAESTRO

Si alguien es obligatorio en la existencia humana, en la guía instructiva de todos los que nos tornamos sus hijos, ese es el Maestro. Esa persona multiplicada en valores, ligada al sacrificio de una obra impagable en lo monetario, pero sí reconocida en lo material de sus resultados. ¡Cuánto tomamos y absorberemos de esos espejos! En ellos no dejaremos de mirarnos aunque seamos adultos.

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Más de una vez la nostalgia se nos ha montado en los hombros al recordar a todos esos educadores, existentes o no, pero sí vivos, muy gallardos en nuestra memoria. Son muchos los nombres archivados, que al pasar de los años regresan a las conversaciones hogareñas, no como una glosa fútil, sino elemento básico, llevado con toda intencionalidad hacia a los infantes, adolescentes y jóvenes.

Es la familia anexada a la comunidad, partes indisolubles en la tarea de esos laboriosos entes, que ven logrado cada objetivo, gracias a esos citados elementos sin los cuales el propósito educacional quedaría incompleto.

Todo va hacia un fin común: convertir a los niños y las niñas en hombres y mujeres sensibles, inteligentes, trabajadores, estudiosos, fraternos… Consagrados, al crecer, al porvenir virtuoso de la Patria.

Si apuntáramos en colectivo las anécdotas vivenciadas frente a los educadores, durante nuestra época estudiantil, quizá sin exagerar, llenaríamos millones de cuartillas. Serían narraciones estupendas, todas llevando, sin lugar a dudas, una moraleja formativa. Y si alguna vez en aquellas edades tempranas conceptuamos al maestro indebidamente tras reprendernos ante lo incorrecto, luego concluimos: nos equivocamos, porque no dejamos de amarlos.

La exigencia por llevar el orden convenido, todos sabemos: inicia en la cuna y culmina en la tumba. Sin embargo la ejemplaridad es perdurable, incluso eterna. Lo que hoy seamos capaces de fomentar en beneficio colectivo, llevará lo heredado en el seno hogareño, en la intensidad entrañable difundida en esos imperecederos recintos loados en cada plantel.

El exclusivo atributo: ¡Maestro!, queda para siempre, aunque ya no seamos sus pupilos, Ellos o ellas sienten ese bienestar al recordarlo, al saludarlos de esa manera tan respetuosa. A nosotros desde lo íntimo nos reconforta, aunque peinemos canas, sentirnos como tales, incluso, por qué no, sus hijos. (Raúl Reyes Rodríguez/ Radio Santa Cruz)