Tomás Verdecia Castro: Joven Rebelde para siempre

Pareciera que el tiempo hizo una carrera olímpica, desde que aquel joven santacruceño, de apenas 16 años, se incorporó a la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR), sin embargo no pudo hacer olvidar las emocionantes vivencias e imágenes guardadas de aquellas primeras manifestaciones de efervescencia revolucionaria. “Aquello era tremendo”, afirma Tomás Verdecia Castro con una carcajada, cómplice de sus memorias.

Fue un soldado rebelde –llamado Diomedes- quien comenzó a organizar las populares patrullas. “Hacíamos marchas con carácter militar. Éramos un gran tumulto de hembras y varones, hijos de gente muy humilde. Los niños bitongos, descendientes de la pequeña y media burguesía nos apodaban “la plebe”, para tratar de desprestigiarnos, además de que hacían manifestaciones en contra de la Revolución que apenas había comenzado… pero los enfrentamos moralmente, demostrándoles que no nos rendiríamos ante nada”.

El teniente Tomás Hernández, miembro de la Policía Municipal, por designación del alcalde, les dio luego atención directa a los bisoños miembros de la organización. En los amaneceres muchos jóvenes de ambos sexos, vestidos con pantalones azules, pulóveres blancos que llevaban las siglas AJR y boinas negras, iluminaban las calles de Santa Cruz del Sur gritando consignas patrióticas. “A los gusanos no les quedaba otra salida que quedarse muy tranquilos en sus casas”.

Las enseñanzas las captaba como las voces de mando, suficiente razón para designarlo instructor: “fue un momento inolvidable, no podía imaginarme que con tan poca edad iba a llegar a tener una responsabilidad semejante. Eso me motivó para ayudar en la preparación de todos mis compañeros…”

La inesperada partida

La orden le llega a cinco santacruceños, había llegado el momento de partir hacia la zona más oriental del país, para conquistar el pico más alto de Cuba: El Turquino. No imaginaban las complejidades que tendría la misión, convertida en hermosa historia.

“Me fui, acompañado de Emilio Moncada (fallecido) y Aníbal Fernández, vecinos de este poblado, un compañero de apellido Antúnez, residente en La Jagua y Jesús de la Cruz, de la zona de Arroyo Blanco. Nos llevaron en un camión hasta Camagüey, ya en la terminal nos situaron en uno de los coches del tren que emprendió la travesía a mediados de 1960, hacia Bayamo. Había muchachos de todos los tamaños. Desde las ventanillas tocábamos las manos de nuestros padres… todo eran lágrimas, sonrisas y bullicios por doquier. Sabíamos lo que aquello representaba para la patria”.

De cuatro a cinco días permanecieron en un campamento de tránsito, nombrado La Finca, en las afueras de la ciudad bayamesa. “Allí se formaron las brigadas y se empezaron a dar responsabilidades en cada una de ellas. Aníbal se ofreció para ser el cocinero. Como pensábamos que tendría los conocimientos mínimos e indispensables, aceptamos. Puso a cocinar un arroz blanco con salchicha, ya puedes llegar a la conclusión de lo que pasó. Tuvimos que comernos ese emplaste sin chistar, mientras en el resto de las brigadas los alimentos quedaron mejor”, recuerda Tomás

El paso hasta Guisa

El aviso a la salida del sol los alistó para partir. En camiones salieron hasta Guisa. “Durante la travesía íbamos cantando canciones patrióticas, diciendo lemas y dando a conocer quiénes éramos. A pie subimos hasta Pino del Agua, donde estaba el campamento de los Jóvenes Rebeldes (JR). Recibimos el avituallamiento completo: comida enlatada, calderos, hamacas, ropas y zapatos. El grupo nuestro escogió un área, donde se amarraron las hamacas a cielo abierto. Como el rocío era constante, un plástico pequeño que nos dieron lo amarrábamos en cuatro estacas para que el rocío no nos cayera en la cara cuando fuéramos a dormir”.

La necesidad hizo que otro cocinero apareciera, “no recuerdo el nombre de ese moreno, pero sé que era de Florida, no tuvimos percances con él.

Recibimos muchas orientaciones, entre ellas, identificar con un nombre a la brigada, decidimos ponerle Jacinto González, un héroe santacruceño del Movimiento 26 de Julio, realizar largas caminatas con las baterías de calderos y la comida acuestas, algo muy difícil”.

Otros deberes estuvieron encaminados a reforestar bosques, prepararse militar y culturalmente, “además- significó- había que subir cinco veces el Pico Turquino para ser miembros de esas brigadas y lograr la militante condición de Cinco Picos, eran estas cuestiones las que había señalado Fidel, viviríamos durante tres meses en campaña en la Sierra Maestra”.

Recorridos y ascensos

Manifiesta Verdecia Castro que en los primeros recorridos les pusieron un guía. “Resultaban ascensos difíciles, tanto, que a muchos de nuestros compañeros las botas les afectaban los pies, pero nadie se rajó. Todos pensábamos que si los rebeldes habían luchado en condiciones peores, nosotros no íbamos a ser menos: había que lograr tener los cinco picos para ser verdaderos miembros de la Asociación de Jóvenes Rebeldes (AJR), antecesora de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), nacida en 1962”.

Aquellas travesías eran bien largas, muy difíciles. “No teníamos costumbre de caminar sobre las piedras. Las piernas nos dolían mucho, había que fortalecerse en ese andar, donde muchas veces caíamos de espaldas con mochilas y calderos, pero había que sacudirse, organizarlo todo y subir, subir, enfrentando la fatiga y el cansancio, desde Pino del Agua hasta la costa y de allí a Ocujal del Turquino, donde está el conocido río La Mula, ahí nos abastecíamos de agua. Subíamos para el Turquino, ya en la bajada hacíamos noche en La Gloria, para continuar camino al día siguiente. Había un frío que pelaba…”

Cada subida fue sumando ojos de buey a los collares de millares de jóvenes de todos el país, un adorno en torno del cuello, como respuesta al compromiso revolucionario. Retornaron a las casas con barbas y melenas crecidas. Preguntaron: “¿Qué otra cosa hay que hacer? Ante el preludio de la invasión mercenaria por Playa Girón, dimos el paso para defender a Cuba. Se crearon los cuarteles de los Jóvenes Rebeldes en Santa Cruz del Sur, tanto de hembras como de varones, de inmediato fuimos movilizados en los batallones de combate y salimos para Cuatro Compañeros y luego a un lugar conocido como Monte Meso, hasta que se derrocó la invasión”.

Para Verdecia, convertirse en JR le sirvió de formación patriótica, le dio luz política. “Yo fui de los niños de este país que conoció la cara del capitalismo, la miseria con que vivíamos la mayoría de los cubanos. Cuando triunfó la Revolución a los humildes se nos llenó el corazón de alegría, desde el primer instante supimos que nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, sería el guía invencible que el pueblo cubano necesitaba para alcanzar tantas cosas que hasta hoy tenemos y tendremos para siempre”. (Iliana Pérez Lara/ Radio Santa Cruz)