Hemingway, el Nobel de la isla cubana

En Finca Vigía se rememora la presencia de Ernest Hemingway y toda la grandeza de su obra, que hizo trascender uno de los pueblos más notables de Cuba en su novela El Viejo y el Mar.

Ubicada en las afueras del sudeste de la ciudad de La Habana, en San Francisco de Paula, representó un refugio para Hemingway, quien ya conocía la fama internacional y emigró hacia este lugar luego de regresar de la Guerra Civil Española para culminar su novela Por quien doblan las campanas.
 
El recinto, mayormente conocido por la estrecha asociación hogar-escritor, se convirtió en uno de los centros de peregrinaje más concurridos de la época por personalidades de todas las esferas de la sociedad: desde periodistas, magnates de Hollywood, boxeadores, soldados, artistas y  hasta  toreros famosos.
 
Actualmente, todos los espacios de la casa, convertida en Museo, parecen detenidos en el tiempo, porque cada detalle está resguardado como el mayor de los tesoros de la residencia: los zapatos del número 11, los espejuelos de armadura metálica, la colección de escopetas y hasta las cañas de pescar.
 
Todavía, mientras los visitantes se imaginan al novelista norteamericano escribiendo, se pueden percibir los pasos sigilosos de René Villareal dentro de la habitación, el niño que acogió de las calles de San Francisco de Paula y luego protegió.
 
Pero este oasis terrenal no fue reservado solo para el escritor. Él, como cubano que se sentía también celebró junto a los pescadores de Cojímar, los fieles amigos de siempre, sus momentos de gloria en los jardines de la Finca Vigía.
 
Y hasta con los niños de San Francisco de Paula, el pueblito donde se encontraba la residencia, conformó un club de béisbol local “Las estrellas de Gigi”, en homenaje a su hijo menor Geogry. Él prefería que los pequeños aprendieran a pitchear con pelotas y guantes, y no tumbando los mangos del patio trasero con piedras y palos furtivamente.
 
En la reciente celebración de la décimo cuarta edición del  Coloquio Internacional dedicado a su vida y obra, realizado en La Habana, brotaron historias inéditas que cautivarían a cualquier lector desde la perspectiva de algunos de sus protagonistas.
 
Como mismo Somerset Maugham tenía su Villa Mauresque en la Rivera Francesa, y Voltaire su Fernay en Suiza, La Finca Vigía de la periferia habanera está considerada como el santuario del novelista norteamericano.
 
Hoy, desde cada fotografía, tapiz o simplemente desde una bala que se conserva en esta quinta de recreo, se puede sentir y revivir la pasión de un mago de las letras que resaltó en San Francisco de Paula  por su generosidad, demostrada en cada gesto que compartía con sus vecinos y que lo convirtieron, para sus pobladores, en el Nobel de la isla cubana.(AIN)