[:es]Joven rebelde santacruceño tomó fusil para convertirse en combatiente de la Revolución[:]

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Los bríos mozos  marcharon con la pólvora, y el fusil, la cantimplora, las botas dañadas por la sequedad de los caminos, el uniforme hirviendo en el verde olivo. Por primera vez el muchacho en la condición de joven rebelde, se echaba el arma al hombro sin apenas conocer su funcionamiento.

Manuel Beltrán Lay era casi un niño cuando se alistó en la lucha contra bandidos. Anduvo por los montes, también las costas de esta localidad rastreando supuestos focos de alzados contrarrevolucionarios.

“Esos recorridos se extendieron hasta Chambas y la Zona de Tamarindo en Morón”, evocó.

Nadie de su tropa le hacia caso a las llagas en los pies. Los bisoños soldados de Patria o Muerte eliminaron en comprometida refriega a uno de aquellos bandidos, otro fue capturado. “Los demás consiguieron romper el cerco, sin embargo les llegó sin mucha tardanza la hora final. Era la orden de Fidel”.

Cuando se desmoviliza del Ejército en la octava división de Camagüey, el entrevistado, había cumplido tareas como telegrafista, liniero, además operador de radio, complementando el quehacer en las comunicaciones militares.

Al volver al terruño Manuel se incorpora voluntariamente al corte de caña. Después, fue  ayudante de mecánico en la draga, equipo que le dio mayor profundidad a la dársena próxima al combinado pesquero Algérico Lara Correa.

En otro momento tuvo la oportunidad de repetir: “Donde me mande el Comandante en Jefe yo voy”.

Desembarcó por Luanda junto a otros compañeros entregados a la honrosa misión internacionalista. “Horas después Fidel indicó seguir por Caravana hasta la provincia de Lobito, pues las Fuerzas Populares de Liberación de Angola (FAPLA) habían tomado ese territorio”, señaló.

La trayectoria siguió hacia Benguela. El batallón de tanques SAO-100, donde se encontraba Beltrán se emplaza en la presa de la provincia de Cunene. “Corrió la información de cercanos movimientos de enemigos sudafricanos. No pasó se de ser sólo una alarma”.

En el minuto definitivo del retorno a Cuba: “Mi hija menor había nacido. Y la esposa del compañero que me relevó había dado a luz un varón. Él no lo había podido conocer. Nos abrazamos sin ni siquiera decirnos nuestros nombres. Empezamos a llorar”, detalló.

Beltrán Lay, entre las medallas asidas a su camisa a rayas, lleva la de su fallecido padre, quien fuera intrépido combatiente de la clandestinidad. Pronto le será colocada otra en la prenda de vestir al jubilado del sector pesquero, la conmemorativa 60 Aniversario de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).

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