[:es]El mayor capital para fémina santacruceña es CUBA LIBRE[:]

[:es]Irene Martínez Reyes Quiso que la madre fuera la testigo única del diálogo con el reportero. Irene Martínez Reyes coloca el cuadro de marco azul sobre el mantel floreado que viste la mesa del comedor. Tras el pulido cristal está la imagen bondadosa de Estrella Martínez Grau.

Los ojos verde claros de la progenitora, que hace tiempo se despidieron de la vida,  miran como si quisieran atestiguar las anécdotas de su segunda hija, del grupo de siete retoños, tres de los cuales fueron varones.

Nacieron los infantes en la parte pobre del barrio Yuraguana, distante 20 kilómetros del municipio Niquero, en la zona oriental de Cuba. “Transitamos por la miseria absoluta una vez que mamá vendió las reses, herencia de mi abuelo, para comprar las medicinas que necesitaba para aliviar su enfermedad glandular. Murió a los 44 años. Los mayores nos hicimos necesarios: ganándonos la plata sin deshonrar a la familia”.

A vivir así los campesinos no se acostumbraban, corroboró. “Chapeábamos, desyerbábamos en cualquier parte, les barríamos los patios a los adinerados por comida o algunas monedas. Las niñas servíamos de criadas en las casas de los ricachones. Parecía que el destino a muchas personas las había condenado a la  desdicha y a unos poquitos a poseer enormes fortunas”.

En los primeros días de 1958, los vecinos de Yuraguana oyeron algo inusual. “Nos asustamos al escuchar la balacera y estruendos de bombas por la zona de Alegría de Pío. Se hablaba de hombres que habían desembarcado por Las Coloradas, pero nadie sabía quiénes eran.

Al transcurrir los días, se supo que un señor nombrado Fidel, comandando a varios más, se dirigía a la Sierra Maestra. “En los montes andaban de un lugar a otro los guardias de Batista,  parecían demonios.

El objetivo de Fidel lo supimos luego: liberarnos de la explotación. Los guajiros en poco tiempo lo empezaron a querer y apoyar por la honradez que caracterizaba al Comandante en Jefe. Cuanto alimento tomaba de los campesinos lo pagaba enseguida”.

Irene Martínez evoca las tantas ocasiones en que sólo ingerían harina de maíz y boniato; los  pies descalzos y las escasas ropas interiores. “Cuando me bañaba quedaba con la prenda puesta, dejándola secar en mi cuerpo”.

 

Siente necesidad de volver a llorar. “Es por cada joven que mataron en Yuraguana al ser delatados por los desalmados chivatos. Querían estar a bien con el dictador de turno a fin de conseguir acomodo. Fidel se encargó de ponerlos en manos de la justicia revolucionaria Algunos meses después ese lugar que adoro, fue territorio liberado por los rebeldes”.

La recompensa espiritual de los pobres, reitera la fémina santacruceña: “Ha sido y será la Revolución. No soy rica ni quiero serlo. El mayor capital que tenemos es esta ¡Cuba libre! y la guía del Gigante  desde esa piedra inquebrantable en la que Raúl colocó sus cenizas”.[:]