Opción estratégica para elevar la producción de alimentos

Julio César Calzadilla es uno de los más de 78 mil cubanos que, a partir de septiembre de 2008, han recibido en usufructo terrenos ociosos entregados por el Estado para ser cultivados o dedicados a la crianza animal.
   
En la periferia de la ciudad de Las Tunas, a Calzadilla se le asignaron 11,3 hectáreas totalmente improductivas, cerca de cuatro de las cuales estaban infestadas por el marabú.
   
Hombre de origen campesino, fuerte físicamente y acostumbrado durante 25 de sus 40 años a las más duras tareas agrícolas, no se amilanó ante el panorama nada alentador que presentaba aquella tierra infértil y, por demás, desnivelada por varias pendientes en diferentes direcciones.
   
Armado solo con un machete y auxiliado por cinco campesinos de la Cooperativa de Créditos y Servicios Omar Pérez, ubicada en esa zona, Julio arremetió contra el marabú y comenzó a preparar la tierra para la siembra.
   
Dos meses después de recibir el terreno, el recio cosechero aprovechó las lluvias que trajo el huracán Paloma y comenzó la plantación de 10 hectáreas de tabaco.
   
El resto de esta historia puede resumirse en muy pocas palabras, pero es impresionante por sus resultados: Julio César entregó al Estado hasta la fecha 285 quintales de tabaco seco (más de 13 toneladas), y espera terminar la campaña con unos 500 quintales (23 toneladas).
   
Ello fue posible porque en esa primera cosecha logró rendimientos nunca antes alcanzados en esta zona, al sumar 2,3 toneladas por hectárea.
   
Concluida la recolección tabacalera, hoy este productivo usufructuario tiene plantadas seis hectáreas de boniato, una de yuca e igual cantidad de ají, calabaza y habichuela, además de media hectárea de pepino, como parte de la planificada rotación de cultivos.
   
Afortunadamente, el ejemplo del tunero Calzadilla no es único, pues casos similares podrían encontrarse actualmente en muchos lugares de las 14 provincias cubanas.
   
Para Cuba, en particular, poner a producir las tierras ociosas es tarea de vital importancia si se considera que, según datos oficiales de la Oficina Nacional de Estadísticas, al cierre de 2007 de las más de seis millones 600 mil hectáreas de tierras agrícolas que posee la nación, solo cerca de 45 por ciento estaban cultivadas.
   
En ese indicador negativo han influido diversas causas  objetivas como el hecho de que más de las tres cuartas partes de la población cubana vive hoy en zonas urbanas y las carencias de recursos impuestas por conocidos factores externos, pero también elementos subjetivos como deficiencias organizativas en el sector agropecuario.
   
Hasta el tres de julio de 2009, más de 110 mil 400 cubanos habían acudido a las Oficinas Municipales de Control de la Tierra para formular solicitudes de parcelas en usufructo, de las cuales están aprobadas más de 78 mil y el número de trabajadores que ya producen y tienen contratos con el Estado se acerca a los 56 mil.
   
La medida aprobada en agosto del 2008 se suma a otras que, aunque con alguna lentitud, ya venían ejecutándose desde fines del pasado siglo, como el proyecto de fomentar plantaciones en un radio que abarca 10 kilómetros alrededor de las capitales provinciales, cinco en las cabeceras de los municipios y tres en las más pobladas comunidades rurales.
   
Vitalizar ese plan de cultivar cerca de las poblaciones, usar óptimamente los recursos disponibles en las empresas estatales, cooperativas y fincas campesinas, y continuar con el impulso que ya cobra en toda la Isla la entrega en usufructo de terrenos  improductivos, resultan proyecciones estratégicas de prioridad suprema.
   
A todas luces es evidente que solo mediante el incremento de las producciones agrícolas nacionales y la disminución de costosas importaciones, Cuba podrá avanzar hacia el objetivo esencial de satisfacer las necesidades alimentarias de su población. (Por Hernán Bosch/ Servicio Especial de la AIN)