El siempre trascendente legado de Carlos Juan Finlay

Fallecido en La Habana el 19 de agosto de 1915,  el médico epidemiólogo cubano Carlos Juan Finlay de Barrés logró trascender las barreras de su país a causa de su sapiencia.

Su principal aporte a la ciencia universal radicó en la explicación que pudo adelantar sobre el modo del contagio de la fiebre amarilla. Hoy día su argumento científico es reconocido como teoría metaxénica de la trasmisión de enfermedades por agentes biológicos.
   
Su novedosa investigación acerca del contagio de la fiebre amarilla, también reconocida por el nombre de vómito negro, fue presentada en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de la Habana el 14 de agosto de 1881, bajo el título de El mosquito hipotéticamente considerado como agente trasmisor de la fiebre amarilla.
   
En el trabajo, publicado en los Anales de la Academia ese mismo año, el Doctor Finlay analizó que, al no ajustarse el modo de propagación de la enfermedad a las clásicas teorías contagionista y anticontagionista de la época, era menester proponer la existencia de un agente independiente e intermediario, entre una persona enferma y otra sana.
    
A partir de una intensa búsqueda científica, decantación de resultados y consultas con colegas y hasta con naturalistas, él pudo precisar los hábitos del trasmisor. Estos coincidían con la típica conducta de la hembra de un mosquito doméstico, muy abundante en las ciudades y en las regiones afectadas, que hoy día se identifica como Aedes aegypti
   
Nadie antes que Finlay dedujo que un mosquito fuera el trasmisor de una enfermedad; tampoco se había propuesto, como él lo hizo, una identificación taxonómica de la especie supuestamente responsable. Tipificarlo, a partir del estudio, determinó la posibilidad de comprobar experimentalmente su teoría. En eso recae su originalidad y la trascendencia de su indagación.
   
Como es de suponer, hipótesis tan avanzada encontró detractores, incrédulos, indiferentes y hasta inescrupulosos científicos al servicio de los intereses norteamericanos, quienes quisieron escamotearle su descubrimiento, pero él se creció ante las dificultades y apostó, con absoluta sencillez y confianza en el trabajo, por el progreso de la ciencia y de la vida.
    
Por su ganado prestigio como médico higienista, en el 1902 fue nombrado jefe superior de sanidad, dedicándose a organizar, desde esa dirección, el sistema de salud del país que se encontraba muy afectado por las guerras y por el abandono de tantos años de colonialismo.    Desde esa posición combatió y controló tres años después la última epidemia que en Cuba hubo del vómito negro.
   
Una meticulosa y perseverante campaña dirigida a toda la población dando a conocer las medidas que se deberían adoptar para evitar las epidemias de la terrible fiebre amarilla garantizó el éxito de la operación de higienización en el primer lustro del siglo XX en la ínsula.     La profilaxis se encaminó a eliminar el mosquito destruyendo las larvas en sus propios criaderos.
   
Varios investigadores europeos, entre ellos los Premios Nobel Ronald Ross y Charles Louis A. Laverán, conocedores de la importancia de las investigaciones del científico cubano, reconocieron su triunfo y lo propusieron como candidato oficial para el distinguido galardón, pero éste nunca le fue entregado.
   
El Instituto de Medicina Tropical de Inglaterra le concedió la medalla Mary Kingsley y la Academia de Ciencias de París le entregó el premio Bréant. La comunidad científica cubana y la población agradecida, acreditó en 1938, todos los tres de diciembre de cada año —fecha de su nacimiento— , como el Día de la Medicina Americana.
    
Finlay ejerció exitosamente la especialidad médica de oftalmología, y como higienista llevó a cabo importantes estudios sobre la propagación del cólera a través de las aguas contaminadas. Perteneció a la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, y a otras cuya función tributaron conocimiento a la cultura nacional.
    
El desarrollo alcanzado en las investigaciones epidemiológicas y en la praxis y prevención de enfermedades trasmisibles en la mayor de las Antillas tuvo y tiene en el  Carlos J. Finlay a uno de sus más legítimos representantes. Su legado al patrimonio científico forma parte de los saberes que por tradición y estudio resultan hoy imprescindibles al gremio de los profesionales de la salud.(AIN)