[:es]Guanchi Cañete, un sanitario santacruceño que dio pruebas de resistencia[:]

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Guanchi Cañete
Guanchi Cañete

Santa Cruz del Sur, 16 abr.- Inspira la historia personal de Juan Cañete Nápoles, un hombre muy conocido por su pegajoso alias. “Me dicen Guanchi desde antes de nacer, es un apodo que cualquiera aprende a pronunciar sin dificultad”.

De fácil comunicación es este santacruceño También con asombrosa memoria, a quien  los 83 años no le han “abatido” la piel ni los bríos.

Cuando la mocedad le abría los caminos fue hacia La Habana. En esa ciudad fue dependiente en una bodega dedicada a ofertar víveres al detalle, “pero enfermé; quise volver al seno familiar para restablecerme”.

Aún con la cabeza sobre la almohada el decaído enfermo se entera por Manolito, el hermano, de la organización de las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR) en la localidad. “Se me quitaron de pronto todos los malestares, al menos así lo sentí. Fui a anotarme”.

Es escogido para engrosar el grupo de sanitarios. “Las clases, evocó, las impartían los doctores Rogelio Rodríguez Rabre, José Espiridón Santiesteban Báez y Miguel Terrada Martínez”.

Las propias circunstancias aceleran el cambio de entorno. En los primeros días de febrero de 1960, nos movilizan hacia Camagüey. “Caí en el batallón seis con Orosmán Oller Calaña, David Pérez Sotomayor, Arturo Suárez Echeverría y Rodríguez Rabre. A Orosmán y a mí nos orientaron entregarle el carné a los milicianos”.

Mantener la disposición combativa demandaba dar alarmas a toque de campana a cualquier hora de la madrugada. Al inicio, dijo Cañete, algunos compañeros en el corre corre dejaban los fusiles en el albergue, siendo corregidos por los jefes.

El llamado de la envoltura de hierro volvió a sentirse fuerte  “Nos desenredamos de las sábanas pero al salir a la intemperie nos dijeron que recogiéramos las pertenencias, sin añadir pormenores”.

Sin tiempo para pensar en alimentos salieron cientos de camagüeyanos hacia la parte central de la Isla. “Nos organizaron en casillas de ferrocarril destinadas al tiro de mercancías. Al llegar a Fomento mucha gente se bajo a buscar algo de comer, compraban raspaduras, bocaditos a vendedores particulares. Recibieron regaños de la jefatura pues esa era zona de alzados y podían haber sido envenados por la contrarrevolución”, refirió.

El inmenso tapete oscuro sin estrellas acogió a la tropa en la ciudad de Trinidad. Había frialdad, sin embargo, al menos los estómagos recibieron las “caricias” de la carne enlatada “Devoramos el contenido tan rápido que apenas se nos quedó en el paladar. Una lata era para dos. Las pruebas de resistencia no son para los cobardes”.

Reciben ropas apropiadas, las mismas que vestía el campesinado de la zona: pantalón de caqui, camisa azul y botas. Empiezan a sentir la fiereza de las piedras en las duras suelas del calzado. “Es cierto, subir lomas hermana a los hombres. Alguien le compró una gallina a un campesino, la cocinamos. Del manjar comimos 15 camaradas, ni siquiera sobraron los huesitos”, comentó Juan.

En la Compañía C ubicada en Pico Blanco, permanece el entrevistado sanitario. Al mando de Domingo Hernández Elizabet, comienza a atender los heridos que se traían en el campamento, entre ellos “un miliciano que no fue precavido y cayó por un farallón. Pudimos rescatarlo. Consiguió recuperarse. Fue un milagro verlo caminar otra vez”.

Se ocuparon las casas de campesinos por escuadras, manifestó. “Esa táctica le impidió a las bandas enemigas quitarles los alimentos a los guajiros. El enemigo se fue debilitando entre peines, emboscadas y cercos”.

“La juventud cubana de ese entonces, expuso Guanchi, cumpió la orden de Fidel. La de ahora estudia, produce, se prepara para la defensa de la Patria. Nunca los jóvenes cubanos estarán perdidos porque tienen la brújula revolucionaria en las manos”.[:]