El amor y la fortaleza física conservan saludable a longevo santacruceño

Extenso afluente de amor asentado en la fortaleza física ha prolongado sobremanera la vida a Francisco Perdomo Torres (Pipe). El matancero un día salió de su provincia con la madre y hermanos para internarse en Guasimilla de Nagua, allá en lo alto de la Sierra Maestra.

“Los cuatro varones éramos por esa época unos “polluelos”. Picamos mucha caña, sembramos distintos cultivos, además en el lugar donde construimos el rancho criamos gallinas y cerdos. Mi hermana Gloria ayudaba a la vieja en los ajetreos de la casa”.

Constantemente siente deseos de reír, hacer chistes, recitar poesías: “Porque soy sano de alma. Nunca tuve riquezas, fui pobre desde que nací, pero nunca me ha faltado el cariño. Ese sentimiento he sabido  entregarlo a mi esposa y toda la familia”, afirmó.

En el paso de un río el joven blanco de buena presencia lanzó  el “bejuco de campanilla” a la mulata capaz de enamorarle el alma tan sólo de fijarle las pupilas. “Le dije en tonada guajira: ¡Tú me gustas muchacha!”.

Ana Luisa Cutiño Guerra vivía cerca del galán, en Frío de Nagua. “En cuanto lo vi se me “sazonó” el corazón. Era el muchacho más lindo de aquella zona. Volvimos muchas veces a tropezarnos en el camino. Como respuesta de aceptación le regalé una sonrisa. Esa alegría entre nosotros nunca se ha acabado, aunque hayan pasado 62 celebraciones”.

Ocho hembras y un varón nacieron de las entregas iluminadas por “cocuyos”. Luego la prole se incrementó. “Tenemos, dijo la fémina, 27 nietos, 12 bisnietos e igual cantidad de tataranietos. Es una felicidad habernos multiplicado tanto”.

Agustina, una de las hijas de los entrevistados reside con su esposo Reynaldo en una pequeña finca cercana al entronque de los poblados Haití y Cándido González, alejada seis kilómetros de la cabecera municipal.

“A los viejos, refirió, los dejo trabajar un poco en lo que deseen realizar. Aquí tienen mucho cuido, tranquilidad y alimentación. Nunca están solos. Los traje de Oriente para acá pues no tienen edad para hacer grandes esfuerzos”.

Los 106 años recién cumplidos acrecientan la vitalidad del afable longevo. “Estoy fuerte, mijito. Si el destino no se opone estoy dispuesto a llegar a los 120”. Francisco le ríe a la suerte; besa gustoso los labios de Agustina, permanentemente encendidos para él por soles, lunas y cocuyos.