Un pueblo enérgico y viril todavía llora a sus hijos

La explosión ennegreció el cielo de Barbados. Una bola de fuego cayó al mar, envuelta en gritos, pánico, desesperación. No hubo sobrevivientes en la nave DC-8 de la aerolínea cubana de aviación. Era el 6 de octubre de 1976.

Se enlutaba Cuba al recibir la noticia, 57 de sus hijos también desaparecían en el fondo del mar. Se tronchaban para siempre las sonrisas victoriosas del equipo juvenil de esgrima de la Isla, que horas antes había ganado el campeonato centroamericano en Caracas.

Dos denotaciones dañaron severamente el vuelo CU-455. La Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés), enseñó a los terroristas el uso de los explosivos, cómo matar y hacer bombas. “Fuimos entrenados en actos de sabotaje”, expresó Luis Posada Carriles en entrevista concedida al periódico norteamericano The New York Times, el 12 de julio de 1998.

Freddy Lugo, Hernán Ricardo, y Orlando Bosch, fueron también protagonistas del abominable crimen.  Su pérfido accionar era el típico de los mercenarios. El sufrimiento de los hijos de la Mayor de las Antillas les contentaba las malvadas almas.

La acción terrorista detonó el horror a bordo del DC-8. El dolor anegó de lágrimas, sufrimientos e indignación la vida de los familiares de las víctimas. Pero cada hogar cubano se alzó la expresión revolucionaria de Fidel: Cuando un pueblo enérgico y viril llora la injusticia tiembla.