Sobreviviente rebelde de la emboscada de Pino Tres evoca a sus compañeros

Santa Cruz del Sur, 26 sep .- En el 1957 un fornido joven de piel afrocubana decidió hacerse rebelde en las alturas de la Sierra Maestra. Quería acabar con la explotación imperante en Cuba, tan necesitada de plena independencia.

Isidro Sánchez Beritán saludó a la vida en Ceiba la Caridad, intrincado sitio de la Candelaria en territorio manzanillero. Durante el tiempo muerto trabajaba como asalariado en las tierras de un ganadero nombrado Juan de los Ríos. “Pero al llegar la zafra, como eran tierras colindantes, ayudaba a mi padrastro a cortar la caña que habíamos sembrado, aportando más de 60 mil arrobas para el central La Demajagua, en cada contienda”, expuso entre ademanes.

Por doquier no faltaban los guardias rurales pues se sabía de la presencia de los rebeldes por el gran lomerío y del fuerte auge del clandestino Movimiento 26 de julio (M-26-7) en el poblado donde residía el entrevistado.

“Entre los jóvenes comentábamos que hacía falta ayudar a la causa revolucionaria, pero había que andarse con cuidado. Los manferreristas estaban a montón hasta en los rincones. Donde quiera, compay, aparecían muertos. El toque de queda era aterrador”.

Era muy escuchada por los más humildes, a escondidas, la emisora Radio Rebelde, si alguien con similares ideas prestaba un radio. Se mantenían informados de la pujanza del Ejército Rebelde. Se exhortaba a la cooperación. Los cubanos honrados no dudaban en darla.

El diálogo con un rebelde

Carlos Céspedes, quien vivía por el lugar llamado La Gota, había cogido el monte. Tras demostrar heroicidad en los combates había sido ascendido a Teniente. Con mucha frecuencia el insurrecto barbudo pasaba cerca de Ceiba la Caridad, suficiente para incrementar en los que tenían alma insurrecta el deseo de alzarse, recuerda Sánchez Beritán.

”Nos dijo lo que teníamos que hacer para irnos para la Sierra y por dónde debíamos entrar. Fue entonces que mi hermano Mario, un vecino nuestro llamado Diosdado Vega Barín y yo, le quitamos las armas a un soldado”, señala enardecido.

Se marcharon con urgencia los inexpertos asaltantes, no sin antes comunicarles la decisión a sus familiares.

Tomaron el rumbo hacia Cieneguilla, luego hacia Las Lagunas “donde había un punto insurgente dirigido por un compañero que le decían Guapa”. Aunque sabía quiénes éramos nos sometió a las pruebas comprobatorias, dándonos la encomienda de ir varias veces a Manzanillo. Las idas y los regresos había que hacerlos a pie en 8 días. Cumplíamos los que se nos orientaba: llevábamos y traíamos cosas sin saber lo que era”.

Hacia la Comandancia de Crescencio Pérez

El resultado de los exámenes fue exitoso, los muchachos son enviados para la Comandancia de Crescencio Pérez, ubicada en los Ranchos de Guá. El Comandante Crescencio los pone bajo las órdenes del pelotón dirigido por el Capitán Ramón Fiallo.

“Nos colocan en la escuadra del Teniente Alonso. “En ese momento operábamos en Alto de Jo, El Jíbaro, Media Luna y la carretera entre Media Luna y Manzanillo. En ese último trayecto la tarea era apoderarse del tendido telefónico y trasladarlo a Minas del Frío; también se desviaron unos cuantos carros de víveres para alimentar las tropas”, significó Isidro.

La encomienda siguiente fue detener a 33 chivatos (delatores) y limpiar a la vez toda la zona de maleantes dedicados al robo. “Nosotros éramos como una especie de policías, para poner el orden”.

Para el 30 de junio de 1958 Fidel pide un refuerzo de 30 hombres para ir hacia Minas del Frío, donde existía una escuela de reclutas dirigida por el Comandante Ernesto Guevara. El curso tenía una duración de 45 días. “No llegamos a cumplir todo ese tiempo, pues tuvimos que enfrentar la ofensiva que Sánchez Mosquera comenzaba a realizar con sus tropas para destruir el Ejército Rebelde”.

A todo el grupo que integraba Sánchez Beritán los distribuyen por diversas regiones. “Quisimos atacar una de las compañías de Sánchez Mosquera… resultó imposible. Algunos campesinos le orientaron por dónde debían salir para no ser sorprendidos por nosotros”.

Pudieron irse sin ser emboscados. “En la retirada se les ocuparon 30 mulos cargados de alimentos, armas, ropas y zapatos, lo que se envió para Minas del Frío.

Al llegar con la importante carga ante el Che, ése le pide al Capitán Raúl Castro Mercader que mandara a sacar todo lo que los soldados traían en las mochilas. Lo acomodó todo en el suelo. Mientras se cumplía lo orientado el Comandante Ernesto Guevara iba contabilizándolo cada cosa, lo que dio un total de cinco mil pesos.

Las Vegas de Jibacoa

Otro grupo rebelde es creado, Sánchez Beritán es uno de los incluidos. Se les dictamina operar en Las Vegas de Jibacoa, bajo la dirección del Capitán Ángel Verdecia. “El ejército de Fulgencio Batista venía en avance nuevamente por el rumbo de Santo Domingo. Se pudo contrarrestar su propósito”

“Ocurre algo gracioso: la mina que se había colocado de manera estratégica no explotó, sólo hizo “fuuuuuuuuuuuu”. La mayoría de los soldados se fueron huyendo, sólo uno muy asustado se tiró al suelo. Se capturó enseguida ocupándosele el fusil”.

El enemigo mantiene la decisión de subir por Minas del Frío. El Capitán Verdecia con el apoyo de un práctico hace un recorrido para ubicar la tropa enemiga, que desconfiada había preparado una celada. “En cuanto ven los movimientos disparan. Una bala traspasa el cuello de Ángel; su cuerpo se desploma por los farallones. El cadáver es subido por fuerzas contrarias a un helicóptero”.

“A finales del mes de agosto de 1958 la ofensiva termina, Fidel manda a Camilo con la Columna Dos a realizar la invasión hacia Occidente. Me designan en un grupo que iba a dirigir el Capitán Jaime Vega. Saldríamos para Camaguey en los primeros días de septiembre, la Columna 11 “Cándido González” queda conformada por más de 60 hombres”, afirma el enérgico combatiente.

El recibimiento en La Plata y la despedida en Santo Domingo

Son recibidos en La Plata por Fidel. El Comandante en Jefe les mejora el avituallamiento y les pide trasladarse a Santo Domingo, asegurándoles que iría personalmente a despedirlos.

“Yo no alcancé zapatos, al percatarse el máximo jefe de esto, se quita los que traía puestos. Me pidió que los mío los botara. Las suyas eran unas botas avellanadas bastantes grandes y yo uso el 37. Afirmó que me durarían unos 15 días. Para poder andar con ellas tuve que hacerle un amarre con una soga en las puntas, así fue que pude andar”, ríe abiertamente.

Se reúnen en Santo Domingo con el líder supremo del Ejército Rebelde. “Fidel habló durante 6 horas con Jaime Vega. Nosotros estábamos cerca de ellos. Oí gran parte de la conversación: el Comandante en Jefe le ponía el brazo por arriba a Jaime, mientras le daba orientaciones, sugiriéndole que no cogiera camiones, ni transitara de día para evitar enfrentamientos directos con el enemigo. De suceder eso no nos alcanzaría el parque que llevábamos”.

La primera violación de Jaime Vega

Aún estaban frescas las instrucciones que el Comandante en Jefe le había dado al Capitán Jaime Vega delante de sus soldados, pero comenzó a desobedecerlas. “Nos montamos en unos camiones. A las tres de la tarde fuimos sorprendidos en Cauto el Paso por una avioneta que nos ametralló. Le disparamos y no regresó, pero sí le avisó a los bombarderos. Nos tuvieron tirando plomo hasta que oscureció. Las características del terreno ayudó a que nadie sufriera ni un rasguño”, relata Isidro.

La población civil pagó las consecuencias. “Al día siguiente la tropa conoció que habían aparecido 30 personas muertas; la rabieta de los asesinos del pueblo tuvo desagradable desquite”.

El avance lo hacen hasta la carretera central Bayamo-Manzanillo. La desconfianza que sentían los hizo apartarse de la vía asfaltada medio kilómetro, hasta esperar la llegada de la noche y poder cruzar. El descanso no los relajó del todo. Desde una patrulla que pasó a moderada velocidad por la vía, reciben disparos. El plomo se adentra en el lugar del monte donde estaban. “Eso fue un chivatazo. Menos mal que las balas no dieron en el objetivo”.

“Llegamos a tierra camagüeyana en una caminata forzosa. Era una de la madrugada. Cogimos la manigua antes que amaneciera. Tuve la mala suerte que metí el pie derecho en un fanguero, cuando lo hale dejé el zapato tan enterrado que aunque intenté salvarlo resultó imposible. Decidí meter un brazo hasta el hombro y no encontré nada. No me quedó otra alternativa que caminar por encima de las dormideras. Había perdido la mitad del regalo que me hiciera Fidel”, rememora entre sonrisas constantes.

Tres horas más tarde llegaron a una vaquería. “Los campesinos que allí estaban nos exhortaron a tomar toda la leche que quisiéramos. El hambre dio lugar a los excesos. A las nueve de la mañana empezaron las diarreas. A las gentes no les daba tiempo a quitarse los pantalones”.

“Las avionetas aparecieron agresivas, volaban bien bajito. Pudimos meternos en unas cunetas. A los pilotos, por suerte, les fue imposible vernos”.

Con el enemigo al acecho

Isidro nos comenta que en los sitios donde habían acampado Camilo y el Che ellos se acondicionaron como pudieron “Eso sí se cumplió sin problemas”.

El enemigo les venía pisando los talones. Al aproximarse a un río tuvieron que detenerse. Tan crecido estaba que solicitaron el auxilio de un campesino con dos tanques metálicos de 55 galones.

“Sirvió de mucho. Se ataron los grandes recipientes, fuimos así pasando de dos en dos hasta la orilla opuesta. Tras haber conseguido el deseo se picaron las sogas; los tanques fueron arrastrados por la corriente. No se le podía dar oportunidades al adversario”.

De inmediato hacen contacto con Félix Torres, integrante del Partido Socialista Popular. “Torres prestaba apoyo a todas las fuerzas rebeldes que por su área transitaban”.

De los Montes de San Miguel salen en siete camiones particulares, quedándose en el área donde había un chalet. Jaime ubica allí la Comandancia y orienta mandar una escuadra para el camino que iba hacia Pino Tres, dirigida por Aldo Pérez.

“Puse la mina de 18 libras en el lugar acordado, artefacto que traía desde la Sierra. Me coloqué a 30 metros de ella con el detonador listo. Ya por el mediodía se avistó una avioneta. Todos estábamos alerta. El fuerte calor llegó a adormecerme, le pedí a Aldo cambiar de posición, lo acepta”.

“Salgo al camino y observo que venían varios camiones cargados de guardias, era el mismo transporte que habíamos utilizado. Los soldados empiezan a tirar morteros para donde estaba la Comandancia”, detalla.

El reducido grupo de hombres envía a Jaime Vega un mensajero apodado “El Yipi”, para solicitarle refuerzos. Tan intenso era el ametrallamiento de la parte contraria, que le fue imposible al comisionado llegar hasta la presencia del jefe.

“Cada camión se movía a cinco metros de distancia unos de otros. Al acercarse donde estaban escondida la escuadra, los carros disminuyen la distancia. A uno de los soldados se le fue un tiro sin querer. El resto, temeroso, se tiró en posición de combate, pero el que los dirigía explicó lo que había sucedido y se incorporaron a los transportes”.

“Esos choferes no hicieron lo que les orientó Vega. No podían regresar por el mismo lugar. Hicieron todo lo contrario y las tropas del dictador los obligaron a transportarlas hasta donde estábamos nosotros”.

“En el primer camión venía Pedro Plaza, un compañero del Movimiento 26 de julio que ese día 26 de septiembre nos había visitado, pero decidió marcharse tras haber finalizado lo que lo trajo al campamento. Le pedí a Aldo que no destruyera el primer camión, porque Pedro era el chofer. Al parecer se puso nervioso, apretó el detonador y voló ese vehículo. El enemigo recogió sus muertos y heridos, decidiendo retirarse. Ya eran las tres ó las cuatro de la tarde”.

En horas de la noche el dirigente de la Columna 11 “Cándido González” manda una patrulla en un yipi a buscar la escuadra. La situación estaba muy tensa.

La salida de ese entorno donde estaba el chalet requería inmediatez. El líder de la tropa revolucionaria seguía haciendo caso omiso a las precisiones de Fidel. “Ordena conseguir siete camiones. El número de hombres, tras la incorporación de más gente al mando de José Botello, había aumentado”.

“Ya los compañeros del Movimiento 26 de Julio habían informado que el enemigo nos iba a tender una emboscada, que debíamos coger a pie por una zona llamada El Reinal. La intención de Jaime era aproximarse a Ciego de Ávila con todos nosotros montados en los camiones, porque él era de ese lugar”, revela Isidro con el tono de voz algo elevado, ofuscado por los recuerdos.

El Capitán Vega no aceptaba en ese momento informaciones que fueran contrarias a sus objetivos. “El vociferó que el que tuviera miedo que se fuera. Eso le cayó mal a mucha gente, consideraban que iban hacia una masacre segura. Era factible entonces caminar, aunque nos demoráramos 2 ó 3 días. Salvaríamos la vida y se cumpliría bien la misión encomendada por Fidel Castro”.

Hubo algunos rebeldes que regresaron a la Sierra Maestra. “Decidí quedarme. Fui de los que se montó en el sexto camión. Como inventé que tenía catarro pude situarme en la cabina junto al Capitán Francisco Peña. Aldo Pérez conducía. Había analizado que si me montaba en la cama del carro y se producía una emboscada sería hombre muerto. Esos Chevrolets eran medianos y en su parte trasera iban muchos camaradas con sus mochilas bien pesadas, minas antitanques, medicamentos, comida, reserva de balas y otros armamentos”.

“El Capitán Vega con casi todo su estado mayor avanzaba en un jeep Willy como a 100 metros del primer carro. Alguien le hizo señas para que se detuvieran pues el último vehículo estaba siendo abastecido de combustible en Pino Uno. Los otros seis camiones apagaron las luces hasta que el número siete se aproximó. La distancia entre carros era de cinco metros”.

“Jaime con gran descuido comenzó a apretar el claxon del jeep, y a pedir que nos apuráramos. Parecía que el mundo se venía abajo cuando nos atacaron… fue terrible. Empezaron por el primer camión. Los soldados estaban a 20 metros de nosotros, metidos en las cunetas. Habían hechos nidos para las ametralladoras; poncharon todos los camiones. Lo que nos hicieron era para que no hubiera quedado nadie para contar esta historia”.

Al carro donde iba Sánchez Beritán le volaron el parabrisas. El Capitán Francisco Peña es herido en un brazo. “Las granadas caían como semillas sobre todo el transporte, matando a diestra y a siniestra. Los compañeros atormentados y desorientados corrían hacia la herradura mortal. El enemigo gritaba palabras obscenas, ofendiendo a nuestras madres. Nos pedían a modo de burla: Ahora digan ¡Viva Fidel!, y nos disparaban sin compasión”.

El grupo que logró escapar con Isidro se pudo llevar, gravemente heridos, a dos compañeros, entre los más leves estaba Homero Monteagudo. El monte fue su salvación. A lo que estaban en mal estado los montaron en una yegua que cogieron en una guardaraya. El apoyo del M-26-7 fue determinante otra vez. La entrega de medicamentos ayudó a la recuperación de los que recibieron impactos de la metralla enemiga.

“Mi nombre de guerra era Ciro. Este Teniente continuará siendo soldado fiel a la Revolución, porque sé la enorme cantidad de compañeros que no pudieron sentir el latido de sus corazones cuando al fin alcanzamos la victoria eterna”.