Santacruceño recuerda días de la lucha contra bandidos en El Escambray

Habla despacio. A cada pregunta se mantiene atento. El sistema auditivo ya no es el mismo de antes. Tiene el día claro, tan nítido como aquellos peligrosos senderos donde los calambres le agarraron las piernas por la falta de costumbre.

Nueve días estuvieron apostadas varias compañías en la feria ganadera del municipio camagüeyano de Guáimaro. “Una noche los que estaban de guardia sintieron ruido dentro de un campo cercano sembrado de maíz. Hacia allí dispararon varias veces.

Todo el mundo se tiró al suelo, pero no había respuesta del supuesto enemigo. Alguien de los milicianos, temeroso de perder la vida, dijo: ¡Ay!, mi novia. Los contrarios resultaron ser cerdos comiéndose la plantación. Hubo risotadas de todos los tamaños”.

Sobre la cama de camiones las compañías combatientes vuelven a Camagüey. “Recuerdo que nos ubicaron cerca de la estación de ferrocarril. Escuchábamos la pitadera del tren y el movimiento de las casillas que la máquina arrastraba. Nadie conocía cuál sería el próximo destino.

 En orden nos mandaron a subir. Fueron horas interminables viajando sobre los rieles. La parada definitiva fue en medio del campo. La compañía que yo integraba fue la última en desmontarse”.

Quienes habían visitado Santi Spíritus al entrar a la ciudad la reconocieron enseguida. Se encargaron de informar a  “los preguntones el lugar exacto en que nos encontrábamos”.

 A paso apresurado sin salirse de las formaciones comenzaron a subir las primeras estribaciones. “Andábamos en fila india por aquellos peligrosos trillos pegaditos a los precipicios. Abajo de las lomas se veían diminutas las palmas reales”.

Sin probar agua llegaron hasta el pozo aledaño al campamento El Guayabo. Tras saciarse del fresco líquido emanado por un manantial, los recibió el sargento de apellido Zamora. “Relevamos a los combatientes de Santi Spíritus, descansamos algo y recibimos las armas”.

Los cercos, emboscadas y peines pululaban en aquellos entornos. Frialdades, neblinas y lluvias eran frecuentes. “Esas condiciones climáticas obligaban a mantener alistados los pertrechos”.

Quedaban algunos bandoleros aislados en la segunda “limpia”. Aunque conocían cada recodo de esos montes no pudieron esconderse más en ellos. “La verdad de mi testimonio es tan grande como las más empinadas alturas del Escambray”.

 “Gracias por venir reportero. Eso me asegura que los que tenemos el corazón miliciano todavía valemos”, así de sencilla resultó la frase de despedida de Ángel Oliva Oliva. Fue de los atrevidos. Sus canas dejan ver la honra que lo hace grande, porque grande fue la cumbre del camino andado para paralizar a los traidores empeñados en destruir el triunfo de la verdad.