Saca de las “redes” historias y vivencias pescador santacruceño

Mucho antes de aprender a gatear ya Edmundo Mario López García tiraba los cordeles, seguía las enseñanzas marineras de su padre y tíos, lobos de mar inigualables.

 

“Te voy a sacar de las “redes” unas cuantas historias, que aunque están capturadas hace bastante rato las tengo frescas en la memoria. Debe ser porque he comido mucho pescado. Dicen algunos que esa carne blanca acrecienta la retentiva debido al alto contenido de fósforo, tal vez por eso no he “borrado“ esas experiencias personales.

 

“Tío Joaquín García, alias El Tuerto, en una ocasión, según contó el mismo, había calado las redes para coger careyes en el Ancón del Uvero, un cayo al suroeste de esta localidad. Desde la distancia pudo divisar un barco arriar las velas, atracando  en la laguna aledaña a ese sitio. Pasadas tres horas más o menos la nave alzó las enormes telas blancas, retirándose con buen viento.

 

“La curiosidad incitó al viejo ir hasta un lugar próximo donde tenía montada una rústica cocina de carbón. Al llegar al lugar se percató del desarreglo. El desgastado fogón había sido movido de donde se encontraba.

 

 “Esos desconocidos visitantes abrieron un hoyo en el que quedaron algunas monedas de oro esparcidas. Habían escondido un fabuloso tesoro, al parecer hacía bastante tiempo, en el mismo sitio en que el inocente de mi pariente había puesto el rústico fogón. Nos hubiéramos hecho ricos. Quien nace para no tener suerte no la coge ni por la punta de los pelos”.

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“Nunca he sido un hombre temeroso, creo en lo que veo. En los cayos de Santa Cruz del Sur la gente cobarde no puede arrancharse. Hay en demasía extraños ruidos, luces misteriosas, voces huecas en el viento… tantas cosas que la persona asustadiza si se enrola alguna vez en un barco y se enfrenta a esas situaciones no vuelve a arriesgarse, se lo aseguro”, comentó el franco platicador López García.

 

“Por ejemplo, estaba yo en una oportunidad por la cayerías de Las Doce Leguas acompañado de Tomás Guerra. Había concluido una semana en grande; los pargos no cabían en la nevera.

 

“Estaba tan agotado que decidí tirarme a dormir, sin embargo, de sueño ni el asomo. Fumé varios cigarros. Después volví a acomodarme en la colchoneta colocada en el piso del bote. Ya la luna a las 12 de la noche estaba en el centro del cielo y ni siquiera podía coger el mínimo bostezo… eso incomoda, ¿verdad? Quería rescatar las energías empleadas.

 

“Nunca lo olvido, había un silencio extraño. De pronto sentí la voz de una mujer llamándome así: ¡Mundooooo!, porque a mí me todo el mundo en el poblado La Playa me conoce por Mundo. La voz de esa persona pasaba entrecruzando los mangles. Chirriaba tristona. Decidí no hacerle mucho caso a eso; pude entonces cabecear algo.

 

“Cuando al día siguiente enfilamos hacia tierra, le pregunté a Tomás si había escuchado la voz de una señora. El riéndose me respondió: Tú lo que tienes es miedo. Lo mire de arriba a bajo con deseo de soltarle unos cuantos disparates. Sólo preferí contestarle, no fatisdies, ¡carajo!

 

“Al llegar al muelle mi esposa me estaba esperando. Nos dio la noticia de que Juanita la mallorquina, vecina nuestra, había fallecido. Ni siquiera llegamos a tiempo al entierro. De algún modo, convertida ya en espíritu, quiso avisarme desde otra dimensión de su partida física“.

 

Advertencia espectral

 

Ajustó los pensamientos, disimulando la excitación miró al cielo. Masculló algo indescifrable que se extravió en la dócil racha marina.

 

“Hay jaranas, reportero, que no le traen a la gente nada divertido. Eso me pasó a mí en los años mozos, yo era muy burlón con mis amigos, aunque ellos no se disgustaban. De igual manera esos camaradas hacían sus desagradables gracias. Nadie, sin embargo, se ponía de mal carácter”.

 

Las chistosas frases, evocó  Edmundo Mario López García, se producían  machaconas entre él y Mayito Junco.

 

“Nos decíamos cosas pesadas, como acostumbramos los pescadores, pero nuestra amistad estaba lejos de convertirse en mal tiempo, nunca antes había existido ni una tempestad entre nosotros. Él me decía cosas, yo le contestaba, y viceversa. Habíamos convenido que si uno de los dos se disgustaba las bromas terminaban.

 

“Antes de sucederme lo que le voy luego a referir, ese muchacho estuvo en mi bote. Desde que llegó fue fastidiando de buena manera. Así se inició la controversia, nos proferimos tantos disparates, hasta que el salitre del ambiente nos secó las gargantas. Al final de cada encuentro venía el abrazo. ¡Éramos inseparables aliados!

 

“Llegué en una oportunidad más cansado que de costumbre a la casa. El cuerpo me pedía recostarme aunque fuera una hora. Mientras descansaba en la cama veía un programa televisivo. Pasados unos minutos presentí la presencia de alguien a mi espalda. Al virarme tenía el rostro de una mujer frente a la cara.

 

“La aparecida no me dio tiempo a decir ni ¡ji!, se mostró bastante alterada. Si te vuelves a meter con mi hijo, dijo categórica, te va a ir mal. Seguidamente me dio un empujón, caí de rodillas en el piso. Al tratar de observarla mejor se había esfumado en un santiamén.

 

“Me levanté al día siguiente más temprano que los rabihorcados. Busqué a Mayito, tras  contarle el suceso, preguntó  cómo era el físico de esa señora. Se la describí, señalándole que los ojos los tenía color café, el pelo corto. Le di detalle por detalle. Él afirmó: ¡Esa es mi madre! Mi amigo creyó lo acontecido porque su vieja nunca había estado en Santa Cruz del Sur. A partir de ese instante acordamos no bromear pesado jamás”.