Rafael Alfonso: “Todo lo que soy se lo debo a Fidel”

“Nací pobre, halándole desde chiquitico los narigones a los bueyes. El viejo peleaba cuando yo caía agotado sobre los surcos. Me decía: ponte fuerte mijito, que tú empiezas ahora”.

Tres décadas de capitalismo sufrió en carne propia Rafael Alfonso Alfonso. Un santacruceño que tiene un modo tan natural de conversar como la forma de colocarse  el sombrero de yarey sobre su canosa cabeza.

Fue el mayor de los trece hermanos, seis de los cuales eran niñas. “Nacimos en un pedazo de tierra de la finca La Caridad, propiedad de un ricachón. Esa enorme posesión estaba ubicada, dijo, en Manicaragua, actual municipio de la provincia de Villa Clara”.

Tuvo tan sólo la oportunidad de ir cuatro meses a la escuela. “Mi papá tenía que recoger la cosecha de frijoles y necesitaba de mí.” puntualizó nostálgico.

La infancia de los pequeños en el hogar de los Alfonso nunca disfrutó del más sencillo de los juegos. Para ellos las responsabilidades acababan al apagarse los candiles, para restablecer las energías sobre las frías lonas de las hamacas.

“Éramos explotados todos los días del mundo. Mi padre estaba obligado a darle la tercera parte de las cosechas al dueño del latifundio donde estábamos asentados. Los poderosos nos decían: La honradez es la felicidad del hombre trabajador. Pero aquellos descarados y sinvergüenzas vivían en grandes mansiones y honestidad no tenían ni dentro de los calzones”, manifestó Rafael.

Con un compañero de infortunio vino hasta Forestal, comunidad situada en los predios santacruceños. “Allí existía una colonia cañera. Mucha gente fue hasta ese lugar tratando de conseguir la peseta.

Desde el amanecer, acotó, había que mover duro la mocha, pero en cuanto el central Santa Martha (otrora Cándido González) daba el pitazo a las once de la mañana, el mayoral no dejaba a nadie cortar un bulto más de caña”.

El ciento de arroba de la gramínea derribada por los obreros valía 1.72 centavos. “Los bultos se dejaban libres de cogollos y se alzaban a mano para las carretas. Yo me pongo a pensar en esas cosas y digo: La Revolución Cubana debía haber triunfado mucho antes. Los ricos en componenda con los americanos nos trataban como animales”, recordó el lugareño.

Alfonso Alfonso se pone el sombrero de yarey en el centro del pecho, suspira profundo, manteniendo iluminada la mirada, entonces espera breves segundos para reflexionar. “Todo lo que soy, incluyendo mis 90 estaciones se lo debo a Fidel. De no haber tenido nosotros los humildes ese gran líder, ya mis huesos no existirían”, significó.