Octogenario santacruceño narra peligro que corrió en huracán de 1932

La negrura cubrió el cielo. El penúltimo hijo de la familia Mesa Viamontes estaba  bien abrigado en el interior de la cuna, soñaba en los brazos de Morfeo. Tenía el año de nacido y todavía la progenitora lo amamantaba. Los nueve hermanos, cuatro de ellos mujeres, vivían con sus padres en una de las casas de altos pilotes en el barrio El Delirio.

El caserío de madera y techos de zinc comenzaba en el litoral costero, pero llegó a extenderse hacia las afueras del otrora poblado La Playa, por uno de los costados de la vía férrea. “Nuestra vivienda estaba situada a 500 metros del mar”, aseveró Rolando MesaViamontes.

Parecía rajarse en pedazos el ambiente. Las rachas de viento “rugían desquiciadas”. “Mucha era la potencia que había alcanzado el aire”, evocó ensimismado los relatos del ciclón.

Llovían “maldiciones de punta”, el frío “calaba hasta” las palabras el 9 de noviembre de 1932 en esta localidad. “Los viejos, acotó el octogenario, tomaron la sabía decisión de irse de la vivienda. Temieron perder la vida y a sus hijos en aquel huracán de los mil demonios”.

Wilfredo el mayor de los varones cargó al bebé. Caminaban amenazados por los remolinos de la inseguridad, quemándole la ventolera las espaldas. “Tras haber avanzado más de lo calculado mi protector me contó cuando crecí, que no se imaginaba como yo había logrado soportar las “cuchilladas” de la andanza.

Al hacerme cosquillas en los pies no notó ningún movimiento, pensó lo peor. Gracias a Dios, él  prefirió mantenerme acurrucado en su pecho. De haberme desprotegido sería polvo de playazo hace rato”.

Todos fueron a dar a la quintica del cura. “Mi familia recorrió un kilómetro hasta ese sitio, que existió en el área donde se encuentra el hospital municipal.  Tuvieron la suerte de encontrar un  destartalado bohío, guareciéndose en su interior

 El calor recuperado, puntualizó, duró poco, pues los torpes “manotazos” del ciclón arrancaron el techo de guano. Como lo lanzó a pocos metros sin descuartizarlo, pudieron meterse en su interior hasta la llegada de la calma”.

Los Mesa Viamontes se unieron a otras cuatrocientas personas autoevacuadas en la  casa vaquería de los Ruíz. “Esa familia se encargó de alimentar por varios días a ese montón de gente, incluyéndonos a nosotros, sin pedir nada a cambio.

  Al salir  del citado refugió  las pupilas de los salvados conservaron el resultado aciago del evento. “Había cadáveres enredados, según supe luego,  en las cercas de alambres de púa. Mamá sufrió la perdida de dos hermanas nombradas Luz y Paula”.

La inocencia de la edad, añadió Rolando: “Me impedía saber la trascendencia del hecho. Soy otro de los sobrevivientes del atroz martirio climático”.