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Domingo, 19 de Mayo de 2013
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Iris Arnaiz Miret, una cubana feliz en Santa Cruz del Sur

Iris Arnaiz Miret, una cubana feliz en Santa Cruz del Sur Iris Arnaiz Miret lleva en sus venas un 50 por ciento de sangre gallega, “el otro 50 es bien cubano, por mi madre”. Cuando los rebeldes entraron al pueblo de Niquero a finales de diciembre de 1958, era una adolescente de 15 años. La alegría de la mayoría de los pobladores llenó de consignas las calles. “Nos vestimos de rojo y negro, con los colores del Movimiento 26 de Julio, y abrazamos a los hombres de Fidel”.

Todavía la efervescencia de aquellos días ronda el pensamiento de esta oriental de pura cepa. “Sentí una emoción grande cuando vi entrar a aquellos barbudos, con  sus ropas verde olivo, y muchas armas, saludándonos desde los jeeps descapotados. Ya no había miedo de gritar: ¡Abajo los asesinos! , ¡Viva la libertad! Pensé mucho en mi padre, y en todos los cubanos que tantas humillaciones y pesadumbres habíamos pasado. Ya eso no sucedería nunca más”.

Antes de esa fecha, esta hija de Teleforo y Amalia, vio y atendió entre las penumbras de una madrugada a un miembro del Ejército Rebelde. Los vecinos sintieron desde sus camas un tremendo tiroteo, contrastando el canto de los gallos. Olegario, el dueño de una pequeña tienda, sintió unos golpes de auxilio en las puertas de su comercio. “Un rebelde se había arrastrado hasta allí, tenía un brazo herido”, indica.

El anciano llamó a sus colindantes, los imaginaba desvelados. “Sentimos su gastada voz pidiendo apoyo: ¡muchachitas!, ¡muchachitas!, ayúdenme a curar a este hombre. Estábamos mi prima Gina y yo en la casa de mi abuela materna, figúrese lo nerviosa que ella estaba con sus 90 y tantos de edad. Calentamos agua y limpiamos la herida, no fue nada grave, la bala sólo lo había rozado”.

“Nos dijo: Me llamo  Hubert, si un día triunfamos me buscan. Nunca más supimos de él, pero no lo dejamos desamparado y pudo seguir luchando”.

Más de antes de 1959

La madre de la Arnaiz Miret movía sin cesar el pesado pedal de la máquina de coser Singer. El padre  lleno de voluntad para mantener siete hijos, laboraba como puntista durante los tres meses de zafra en el central propiedad de Julio Lobo (hoy Roberto Ramírez Delgado). “El vino como polizonte junto a otros dos hermanos, la madre los envió de esa manera debido a la guerra civil que hubo en España”, manifiesta.

No recuerda cómo su viejo logró aprender ese oficio, sin desatender la agricultura. Poseía tierras en el asentamiento El Caimito, donde llegó a tener siembras de arroz, frijol, criaba ganado vacuno, cerdos y aves. Así garantizaba el sustento, al llegar el amargo tiempo muerto.

“Pero para el pobre la felicidad duraba poco. Al producirse el golpe de estado de Batista, el dueño de Belic mandó a los guardias rurales a desalojarnos, como ya habían hecho con miles de campesinos. Fue un momento doloroso. A mi papá no lo oí decir nada, aunque en el rostro se apreciaba el malestar y la impotencia de no poder hacer nada. Todos esos poderosos no creían en otra cosa que no fuera el dinero y hacer daño a los que no podíamos reclamar a nadie”.

Teléforo pensó en su familia y la manera de protegerla, vendió unas cuantas vacas y compró una casa en Niquero. Con sus hijos varones pescaba y cortaba leña, para ganarse algo cuando el ingenio cesaba las moliendas.

“El dinero siempre faltaba, mientras la comida era abundante en las tiendas y en las casas de los ricos. Muchas veces tenían los carniceros que salar la carne de vaca, para evitar su descomposición. No era tan fácil llenarle el estómago a tantos muchachos”.

El viejo salía con los varones a vender las ensartas de pescado a 20 ó 30 centavos, y les costaba Dios y ayuda llevarse un centavo al bolsillo. “Yo por mi parte hacía mandados y cargaba agua por un medio o tres quilos, lo que ganaba se lo daba a mamá para que comprara café y azúcar”.

La educación era prohibida para los pobres. “Yo solamente pude llegar hasta el tercer grado y así sucedía en las familias de escasos recursos. De los dos médicos que habían en Niquero, Cardellá era el único que atendía a todo el mundo sin mirar si tenía o no dinero, pero al llegar a la farmacia sí había que soltar la plata”.

Colaboración y desembarco

La portada de la libertad se tornó inmensa en Las Coloradas tras el desembarco de Fidel y los 82 expedicionarios. “Ya había cumplido mis 13. Recuerdo todo eso como si fuera ahora, cierro los ojos y lo veo todo, a pesar de mis 67 años. Los casquitos corrían de un lado a otro, le pedían ayuda a los dueños de las cooperativas pesqueras para salir hacia Las Coloradas. Solo los Labrada aceptaron prestar sus barcos para que los guardias fueran para allá”.

En el hogar de los Arnaiz Miret no había radio, se mantenían informados a través de un RCA Víctor, de Patrocinio Rodríguez, quien era el Jefe del Movimiento 26 de Julio en Niquero. En esa morada varios colaboradores se situaban cerca del equipo para escuchar discretamente las noticias llegadas desde la Sierra Maestra.” Mi hermana Aurora y yo nos poníamos a conversar en la acera, si veíamos venir algún guardia, la señal era chocar dos laticas vacías de leche condensada…”

El desconocimiento y la propia propaganda enemiga ponía del lado malo a las fuerzas del Ejército Rebelde. “Los gobernantes se valían del escaso conocimiento de los obreros y campesinos para meter mentiras. Todas esas gentes fueron entendiendo la lucha de Fidel y nadie pudo confundirlos después”.

Revolución

Después del triunfo Iris pudo alcanzar mayor nivel cultural y llegar hasta el noveno grado. El deseo de su esposo de venir a vivir junto a sus hermanos en Santa Cruz del Sur,  la lleva a asentarse acá para fomentar familia y seguir apoyando la Revolución desde el Combinado Pesquero, como jefa de línea de lavado de langosta y luego convertida en dependienta de una tienda de la red Minorista de Comercio, donde concluyó su vida laboral.

“He contribuido también con los CDR, la FMC y en una Brigada de Producción y Defensa. Sigo siendo una Mariana, una Celia y una Vilma de estos tiempos. La patria está transitando por momentos duros en la parte económica, pero le aseguro que vamos a salir adelante, tenemos muchas cosas grandes: Fidel, Socialismo, un Partido Comunista y mucha libertad. Nos corresponde a todos esforzarnos como se nos pide y trabajar más”.

“Mis hijos, nietos y bisnietos, han hecho y podrán lograr, lo que los niños de mi época, por no tener padres adinerados, no pudieron hacer. Ahora pueden estudiar, sin pagar ni un peso. La Salud Pública es gratis…, nadie se va a morir de hambre, ni será desalojado. Le puedo decir sinceramente, soy una cubana feliz, y le vuelvo a dar vivas a mí Revolución”.

Santiago SantaCruz
Cortesía para Radio Santa Cruz

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